Ella tenía mucho color, y estaba de espaldas a
mí, sentada en el asiento de adelante, con el codo apoyado en el marco de la
ventana, junto a su pelo de un rubio pálido escondido en parte por un gorro naranja, fosforescente. Contrastaba con los bancos grises, los
pestillos metálicos de la ventada con esos vidrios opacos por la mugre, que
apenas dejaban ver paredes de ladrillos mohosos, durmientes y rieles, con todas
sus piedras azules cubiertas de basura y húmedas por tanta garúa. El libro que
yo leía estaba cerrado en mi mano, me distraje al verle la espalda, y la
posición de reposo de su brazo en el marco de la ventaba me daba la idea de que
estaba pensando, además de padecer el frío. También parecía estar
adormeciéndose con el movimiento del vagón en el que viajábamos, que era el
primero y el más propicio para la muerte en estos tiempos de choques de
formaciones con otras formaciones, personas o andenes.
Le miraba el pelo enrulado en los extremos,
pensando que por poco no pude sentarme a su lado. Sus dedos estaban
sosteniéndole la frente, tiesos. Todo en ella, pasando ya por Adrogué, estaba
inmóvil, como petrificado. Sólo la vi moverse en la parte truculenta del
trayecto, entre Burzaco y Longchamps,
recorrido que consta de unos sacudones memorables, al igual de varias
muertes de las que yo fui testigo.
Su campera negra nada tenía que ver con sus
pantalones sacados de una feria americana, algo hippies. Podía ver por debajo
de los asientos varios colores, violeta, bordó, amarillo, que le daban vida a
dibujos raros, que parecían gotas rellenas de todas esas cosas que componen a
una célula. Dibujos que se apretaban en sus piernas torneadas, sin duda se
trataba de una suerte de calza de seda. Detenido en ese detalle, y en el del pelo, creía
que la mujer que estaba delante de mí y que tanto me distraía de “Los
Lanzallamas”, no debía pasar los veinte años, tener una cara dulce con una
nariz alargaba, bien ubicada, ojos castaños, cejas pequeñas y labios sin
maquillar, que lucirían un notable color rojo de carne apasionada. Esperaba
llegar a Glew, a la última estación del viaje para poder verla frente, de
pasada.
Cuando el tren frenó en el andén número dos,
ella se paró y salió. La seguí, guardando el libro en mi mochila. La gente que
quería subir al tren me distanció un poco de ella, sumándose a esta situación
su apresurado paso, que iba torciendo hacia la derecha. Cuando llegamos a la
parte techada del andén, vi que con sus pasos iba directo hacia la puerta del
baño. No llegó a entrar. Se inclinó hacia delante, apoyó su mano derecha sobre
el marco de la puerta del baño, y de su
boca (que debía estar pintada de un rojo carne apasionada) salió un manantial
de vómitos. Las tandas de comida no digerida del todo salían a chorros, como si
fuese una manguera de bomberos algo trabada, que tiraba puchero rancio en lugar
de agua. Pasé a metros de ella, caminando rápido, sintiendo en mis encías el
brote de la baba que me lubricaba la lengua para que también vomitara. Pensé
que se enchastraría su interesante calza de seda, y que lo verde de su
regurgitación contrastaría de manera espectacular con las vías de gris acero y
el suelo del andén de apagado cemento.
La pasé
de largo, no volteé para verla. Alguien más la ayudaría. Bajando por las
escaleras del hall de recepción de la estación de Glew trataba de pensar en
otra cosa, oyendo cómo los encargados de atender la verdulería que ahí estaba
gritaban que la naranja estaba dos pe, que aprovechara, también, para llevar
manzana a cinco pe, y tomate a ocho pe.
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