I
Gabo, el reportero, se alarmó bastante al
ver al hombre que vaciaba las criptas del convento de Santa Clara parado junto
a la puerta de ingreso a las oficinas del diario en el que él trabajaba. Aquel
hombre, del que Gabo apenas recordaba el nombre, llevaba colgado un bolso al cual apretaba
contra su pecho con un gran recelo hacia los peatones, que lo miraban
atentamente al pasarle por al lado. Era ya de tarde, y Gabo regresaba a la
redacción a pasar a limpio algunos apuntes de columnas pendientes. Sin dudarlo
demasiado, se acercó al hombre de manos expertas en el transporte de huesos y
lo saludó secamente. Éste tardó un segundo en contestar. Primero miró a Gabo de
pies a cabeza, y luego sonrió al reconocerlo.
-
Hola- dijo- ¿usted me recuerda?
-
Sí- contestó Gabo, frunciendo
el ceño- ¿Qué hace usted por aquí?
-
Lo estaba buscando, Emilio…
Preciso hablarle sobre algo importante, sobre algo que encontré en una de las
criptas- mencionó el vaciador, y tomó firmemente el bolso con su mano derecha-
¿Podemos hablarlo dentro?
Gabo fijó su mirada en el bolso de aquel
hombre: un trapo amarrado con un cordel, lleno de manchas y agujeros, a través
de uno de los cuales se podía ver algo rojo, indeterminado. Gabo sabía de lo
que se podía tratar. Abrió mucho los ojos, y se puso tenso. No podía creer lo que le estaba pasando.
Trató de reponerse lo mejor posible de la sorpresa, de volver a poner la misma
cara de desconfianza que tenía antes de observar el bolso. Apenas pudo
lograrlo.
-
No- le dijo al hombre del bolso
para distraerlo de la nerviosa expresión que le invadía el rostro- En las
oficinas no podemos entrar ahora, están en reunión de redacción. Eh…. ¿me
recuerda su nombre?
-
Tristán- contestó el otro-
Tristán Salvatierra.
-
Bien, Tristán… Vayamos a hablar
a aquel bar- ordenó Gabo, señalando la fachada de un local que quedaba cruzando
la calle.
Comenzó a caminar, y al notar que Tristán
no se movía de su lugar, se volvió.
-
¿Me acompaña?
Tristán salió de su desconcierto momentáneo
y , apretando contra sí el andrajoso bolso, comenzó a caminar a la par de Gabo.
Éste trataba de tranquilizarse, pensado que valdría la pena no ingresar a la
oficina si lograba quedarse con lo que creía que Tristán le había llevado.
Ya en el bar, sentados en la mesa más
alejada , los dos hombres se sentaron, y antes de empezar a dialogar, pidieron
un café. El mismo llegó un momento antes de que Tristán se largara a hablar.
-
Escúcheme, Emilio- dijo
Tristán, mirando a Gabo a los ojos- He encontrado dentro de la cripta de Rapunzel , un libro
que, me parece, puede interesarle a usted y a los demás periodistas.
-
¿Un libro?- dijo Gabo, que ni
siquiera se había molestado en mirar su taza de café. Trataba de aparentar su
gran emoción de la mejor manera posible, mordiéndose los labios, cerrando los
puños, cruzando las hiperactivas piernas.- ¿cómo que un libro?
-
Sí, un libro- dijo Tristán, y
corriendo con cuidado el platito con la taza hacia un costado de la mesa, metió
las manos en su bolso y comenzó a revolver lo que había allí dentro- Mire-
dijo, poniendo sobre la mesa una encuadernación de hojas marrones y arrugadas
tan grande como un ladrillo.
Gabo abrió mucho
los ojos, presionó aún más sus puños y ahogó un grito de victoria. Tomó el
libro y comenzó a hojearlo con la mayor naturalidad posible ante la mirada atenta
de Tristán, que acababa a grandes sorbos con su taza de café.
Gabo no lo podía
creer. Tantos esfuerzos, tantas frustraciones, tantos años. Ya en el último
intento por encontrarlo había perdido todas sus esperanza. Y ahora esto. Tan de
pronto, tan inesperado, tan fácil. Tenía ganas de llorar, pero no lo hacía.
Guardaba la calma mediante un esfuerzo sobrehumano que lo hacía transpirar como
si se encontrara corriendo por su vida en el medio del desierto. Intentaba
respirar pausadamente cuando la emoción del momento
exigía a gritos valerse de oxígeno con el ritmo acelerado de los jadeos.
Alterado y quieto, en contradicción, a punto de explotar, colocó un cigarrillo
en su boca y lo encendió, controlando el pulso, tragándose todo el humo.
-
¿Qué puede ser?- preguntó
Tristán con su voz áspera y ansiosa.
Gabo ya se había olvidado de él.
-
¿Eh?- balbuceó el reportero a
modo de respuesta, alzando la vista, tratando de concentrarse.
No podía seguir
falseando más. Ya bastante había tenido con ingresar al hospital abandonado en
el que se había transformado el convento de las clarisas, y darle un nombre
falso a quien se encontraba al mando en el lugar. Había que parar con tanta
mentira. Decir aunque sea una pequeña porción de lo que ocultaba, era la magra
compensación que se atrevía a realizar por temor a arruinar un plan elaborado y
postergado a lo largo de años de interminables búsquedas y exposición a riesgos
inútiles. Así que Gabo se sinceró con
Tristán, tratando de guardar las apariencias.
-
Mire- dijo, tosiendo , dejando
la ceniza del cigarrillo sobre el platito de café- Aquí mismo, en este lugar,
no puedo precisar bien de qué se trata este libro. Es evidente su antigüedad.
Dudo mucho que haya pertenecido a la niña que usted menciona, ya que no está
escrito en español, ni siquiera en latín, ¿me comprende?
-
Sí, sí- contestó Tristan, que
estaba hipnotizado por la explicación de Gabo- Yo también lo revisé, y no pude
entender ni jota de lo que está ahí escrito. Tiene letras muy raras. Yo creo
que es árabe.
Gabo tuvo ganas
de echarse a reír. “¿Árabe, albañil ignorante?”, pensó “¡Já! Ya quisieras que
estas palabras fueran de ese idioma! ¡Ya quisiera yo que ahora las cosas se
vuelvan sencillas!”
-
Eso mismo, son muy raras- dijo
al final Gabo, en tono preocupado.- Me gustaría poder mostrárselo a unos
especialistas de la
Biblioteca de Bogotá con los que tengo muy buen trato. Creo
que ellos podrán ayudar bastante a determinar el origen de este escrito.
-
Sí- contestó Tristán, con los
ojos muy abiertos y las manos sobre la mesa, expectante.
Gabo lo miró un
instante, guardando silencio. Los ojos de Tristán, firmes y acuosos, se
enfrentaron por un momento a los de él, acechantes y ceñudos. Entonces Gabo
decidió que debía romper el enfrentamiento entre miradas antes de ser
descubierto.
-
Entonces, Tristán... ¿puedo
quedarme con el libro para investigarlo?
-
Eh.... ¡Por supesto! Emilio, yo
lo traje para eso. En mis manos creo que no podía haber servido de mucho,
¿verdad?
-
No creo eso: esas manos fueron
las que lo trajeron hasta aquí, y yo le prometo que se obtendrán resultados y
se los comunicaré, además de pagarle este café, para agradecerlo su decisión
¿le parece bien?
-
Sí- dijo Tristán, algo
sonriente- ¿Necesita mis datos?
-
Con que me de la dirección de
su casa o del lugar donde reciba correspondencia, será más que suficiente.
También si tiene un número teléfono al cual contactarlo, lo puede anotar en
este papel.
-
Claro- dijo Tristán, totalmente
agradecido, y tomado la pluma a fuente que le ofrecía el reportero, garabateó
un par de palabras y números sobre una servilleta que no saldría del bolsillo
del saco de Gabo hasta que éste, sin darse cuenta, a la arrojara a un cubo de
basura junto a una caja vacía de parissiens.
Gabo agradeció
nuevamente a Tristán. Se puso de pie, y excusándose con que se le hacía tarde
para entrar al trabajo, se despidió del iluso y confiado vaciador de criptas.
Pagó la cuenta en la caja, y , en vez de cruzar la callé, paró un taxi y se
subió en él, tratando de que Tristán no lo viera. Quince minutos después, subía
las escaleras hacia su departamento, con una sonrisa de oreja a oreja y el
extraño libro rojo en las manos.
II
Sobre los
muebles, velas rojas. En el piso una cruz invertida dibujada con cera negra. En
la pared, un reloj marcando las tres de la madrugada. Gabriel, Gabo, “Emilio”,
preparado, ansioso, con un tarro lleno de sangre en las manos. El libro rojo
abierto sobre la mesa, mostrando en sus páginas el dibujo de una escena similar
a la de aquella habitación del departamento. Silencio en general. Por la calle no
pasa ningún automóvil. El único trasnochado en el edificio es Gabo; el único
con asuntos pendientes, con un plan en mente y con un puñal en el bolsillo.
Sólo tiene que seguir bien los pasos. Hacer memoria, y seguir bien los pasos.
Había estado toda
la tarde encerrado. No había probado bocado, ni tomado agua. Acumulaba colillas
de cigarrillo junto al escritorio donde leía aquel extraño libro. Había perdido
un poco la habilidad para leerlo de corrido. Estaba demasiado oxidado. No
contaba la velocidad que tenía en su niñez. El paso de los años, la falta de
práctica, la muerte de su abuela. Con ella se había ido todo un mundo. Un mundo
misterioso, encantador, oscuro. Un mundo en el que el pequeño Gabo entraba cada
vez que quedaba al cuidado de ella. Para entrar hacía falta estar preparado, y
Gabo, a la edad de cinco años, ya lo estaba bastante. Su abuela lo había
entrenado. Ella le había explicado palabra por palabra el lenguaje de los
muertos; frase por frase los poemas impíos; tono por tono las melodías de resurrección.
Y solo por entretenimiento. Por querer escapar un momento de la calma noche de
aquel pueblo aburrido, para entrar en contacto con los que antes allí habían
vivido, espectros mucho más interesantes que los mortales de turno. No podía
hacerlo sola. Cada vez que entraba en contacto con aquellos seres caducos,
perdía de a poco su habilidad. Necesitaba preparar a alguien para que la misma
no se perdiera, y ese alguien era Gabo. Él, a la edad de cuatro años, una
calurosa noche de primavera, entró a la habitación de su abuela en el preciso
momento en el que ella se encontraba intercambiando pareceres con una labriego
que llevaba ya varios siglos de muerto. La abuela apenas notó el ingreso de su
nieto, y se sorprendió mucho al oír la voz de este interrogando al fantasma:
-
¿Por qué está tan pálido,
señor?- había dicho Gabo.
El fantasma rió,
y su abuela supo por fin dónde empezar a depositar su vasto conocimiento sobre
esa cosa que algunos llamaban “el más allá”.
A los nueve,
llegada ya la medianoche, junto a su abuela, recitaba versos guturales,
entonaba melodías roncas y, vertiendo un poco de sangre de gallina sobre una
cruz invertida de cera negra dibujada en el suelo de una lejana habitación,
hablaba largo y tendido con los restos espirituales de aquellas personas de
grandes historias. De esa manera conoció a un muy poco avispado coronel que se
jactaba de haber tenido 17 hijos (que llevaban su mismo nombre y una cruz dibujada en la frente) durante una
guerra sin vencedores. Se contactó también con un naufrago muerto en el Caribe
que podía ver el futuro, y que adivinaba en él que alguien correría su misma
suerte con una variante en el final. Habló con centenares de espíritus que se
habían llevado varios secretos a la tumba, y elaboró con su abuela un especie
de informe para no olvidar. De allí surgió su vocación por la escritura, y de
los espectros entrevistados, su inspiración.
Su abuela tenía
más experiencia, y guardaba más historias para contar. Gabo las escuchaba
encantado cada vez que no conseguían alguno de los elementos para el ritual que
sólo ellos dos celebraban cuatro veces al mes. Ella le hablaba entonces sobre guerreros aztecas
que se disfrazaban de pájaros para poder volar, de conquistadores fracasados
que se habían muerto ahogados en un pantano, de esclavos sin dueño y de amantes
sin final feliz. Este último tipo de historias captaban bastante la atención
del pequeño Gabo. Le pedía constantemente a su abuela que se las repitiera, y
ella, encantada, volvía a hacer memoria
mediante palabras para sacar a relucir la versión de esa historia que le había
contado el espectro de un médico sin título y con fama de nigromante llamado
Abrenuncio: la de una niña hija de un marqués, que tenía el corazón en África,
con un joven sacerdote de cabellera con un lucero llamado Cayetano. Gabo se
fascinaba con las vueltas que había sufrido la niña, y con el sacrificio y
atrevimiento con el que había actuado ese sacerdote para estar junto a ella. En
los ratos en los que se encontraba distraído de sus juegos de niño, los
dibujaba con tiza en las paredes de la casa de su abuela, resaltándolos con un
trazo más delicado entre varios monigotes más que representaban conquistadores
empantanados, coroneles con 17hijos y náufragos videntes.
Después de
cumplir los doce años, Gabo fue perdiendo contacto con su abuela. Ya no
coincidían casi nunca para concretar un ritual. Las veces que se veían era por
alguna reunión familiar,y, como máximo, seis horas. No había tiempo suficiente,
ni lugar físico lo suficientemente íntimo como para dibujar con cera negra una
cruz invertida en el suelo para derramar salgre de gallina sobre ella. Y, por
sobre todas las cosas, Gabo perdía de a poco el interés por ese tipo de
prácticas. Ahora que había ingresado a la etapa de estudios “superiores” de la
escuela, comenzaba a descubrir otro mundo, otra gente, otras historias.
Comenzaba a relacionarse más con los vivos que con los muerts, a empezar a
construir sus propias aventuras. Por supuesto que en él todavía quedaba cierto
rostro de aquellas sesiones con el más allá, pero consideraba ya conocía
bastante historias sobre muertos, que se repetían demasiado, y que solo
contaban con el encanto de lo sucedido, y no con la emoción de lo que puede
suceder. Así pasaron varios años hasta la muerte de su abuela. Ella agonizó
durante varias horas, y tuvo tiempo de hablar por última vez con gran parte de
sus seres queridos. Cuando Gabo entró al lecho queriendo ocultar las lágrimas
que se le escapaban de los ojos, ella lo calmó. Le dijo que no iba a pasar nada,
que no perderían el contacto si él se esforzaba en hacer memoria. Él le
preguntó en qué, y ella le dijo que pensara en conquistadores empantanados, y
aztecas vestidos de pájaros que ansiaban volar. A Gabo se le iluminó el rostro.
Todas las historias se le cruzaron como un rayo por la cabeza acompañadas por
la imagen de siluetas pálidas sin rostro definido. Se acordó del naufrago, del
coronel, del joven sacerdote, de la hermosa niña con el corazón en África. Le dijo a su abuela (que ya se iba junto a
todos esos personajes) que recordaba los rituales, los desvelos, y las
historias. Su abuela sonrió por última vez, y comenzó a contarle algo que se
había guardado durante años. Le dijo que lo más probable fuera que no recordara
nada de aquellos rituales, que no recordara las escrituras, las letras, y que
existía una solución para eso: La tumba de la niña con el corazón en África. Si
él recordaba esa historia, sabía donde encontrarla. Allí hallaría un libro rojo
con las escrituras de las canciones de resurrección, con las instrucciones en
ese idioma oculto para contactarse con los que en la tierra ya no están. Gabo
se desesperó, y quiso saber más. La abuela intentó dar explicaciones, pero no
alcanzó a hacerlo, y y murió murmurando cosas sobre un tal Abrenuncio. Gabo
nunca volvió a llorar tanto como ese día.
Cuando hubo pasado la tristeza de la pérdida,
decidió ponerse manos a la obra. Recordó los detalles de la historia de la niña
y el sacerdote. Supo dónde debía buscar, y varias veces intentó entrar a aquel
viejo convento devenido en hospital. Una vez lo logró, pero no encontró el
sitio donde se encontraban las criptas. Los siguientes intentos fueron un gran
fracaso.
De a momentos
dejaba de pensar en el asunto. Se ponía a escribir, a trabajar, a vivir. Pero
siempre volvía a la intención de querer encontrar el libro que su abuela había
mencionado antes de morir. Una fuerza desconocida lo colocaba devuelta en ese
camino, con un grado de nerviosismo extremo, que lo llevaba a breves lapsos de
obsesión. Un mes estaba bien. Escribía cuentos, trabajaba para revistas,
atendía a sus amantes y leía estanterías repletas de libros tan solo por
placer. Y en esas lecturas a veces encontraba indicios. Indicios que lo
volcaban nuevamente a su siempre frustrada investigación: un muerto parlante,
un conquistador sin suerte, una abuela querida muerta para desgracia de sus
descendientes, un sacerdote rebelde, una niña hermosa. Hasta algunas veces
experimentaba esta brusca forma de recuerdo caminando por el medio de la calle.
Llegando tarde a una cita, a una reunión, a una cama, se cruzaba con alguien
similar a uno de esos muchos personajes
que él había conocido de pequeño y el tormento de lo incumplido se le venía
encima y lo dejaba pensando, urdiendo planes para volver al ruedo, para
inventarse una chance.
Algo así le pasó
aquella tarde en la redacción del diario. Al editor le había llegado la noticia
de que, debido a que se pensaba demoler el hospital (que anteriormente había
sido el Convento de Santa Clara) para construir un hotel, se estaban vaciando
las antiguas criptas que ahí estaban. Al editor el asunto le importó un bledo,
pero no podía dejarlo de lado. Al fin y al cabo, era una noticia. No dejaría
que los demás diarios la publicaran y el suyo no. No podía dejar nada afuera, ya
que recién estaba empezando su trabajo como editor. Llamó al reportero más
joven e inexperto para que saliera a dar una vuelta y escribiera unos
parrafitos sobre lo acontecido. Y ese joven inexperto era Gabo, quien tuvo que
retener el impulso de dar un salto de la alegría al enterarse de su nueva
tarea.
Fue al lugar. Dio
un nombre falso, por si llegaban a descubrirse sus verdaderas intenciones, e
inspeccionó todo con suma atención. Los obreros le pedían que se corriese del
medio para poder seguir trabajando. No encontró nada, nuevamente se decepcionó.
Toda su obsesión se le volvió en contra, y tuvo ganas de matarse. No lo hizo
por respeto a los demás, para guardar las apariencias. Algo de fe le quedaba.
Tan sólo debía volver al lugar de las criptas para seguir investigando. Pero no
fue necesario. Porque apareció Tristán, quien le permitió entrar en contacto
con las páginas de ese libro funesto que guardaba en su interior secciones
extraídas del Necromicón.
Y así volvemos a
lo nuestro: Las velas rojas. La cruz invertida en el suelo. El tarro en las
manos. El libro en la mesa. El puñal en el bolsillo. La decisión en el primer
chorro de sangre de gallina arrojado al suelo. La primer entonación de un
horrible canto, el rugir del silencio, y la luz de una pálida silueta conocida.
III
Gabo volvió a
encontrarse con su abuela. Ella, en su estado espectral, mantenía la misma
apariencia que tenía a la hora de morir.
Todavía sonreía gracias a que su nieto
había recordado todos los rituales que habían celebrado juntos. Ahora, al aparecer tan repentinamente en un
lugar tan pequeño y cerrado, y al ver a
su nieto tan grande y con todos los rasgos de un hombre, no pudo evitar llorar.
La emoción la invadía, cambiaba su tono pálido, y sorprendía bastante a Gabo,
que, arrodillado frente a ella, también lloraba.
-
¡Abuela!- le dijo entre
sollozos- ¡Abuela!¡Encontré el libro, lo encontré!
Había vuelto a
ser aquel niño que se burlaba de los espíritus y que dibujaba con cera negra
una cruz invertida sobre el suelo.
-Lo encontraste,
Gabo. Lo has encontrado...- le decía la
abuela, acariciándole el cabello- Pero dime ¿cuánto has tardado?
- Años- respondió
Gabo, con un nítido brillo en los ojos- Años, abuela. Me esforcé mucho y no
conseguí nada... pero hoy, ahora, cayó en mis manos como un regalo del cielo...
cayó en mis manos...
- No es propicio
hablar del cielo ahora, Gabo... No es propicio. Y ya sabes muy bien por qué...
- Sí, sé... pero,
pero... no sé qué decir abuela... ¡Lo logré, encontré el libro!
Gabo se abalanzó
sobre la figura de su abuela con los brazos extendidos, queriendo abrazarla. La
traspasó, y el suelo lo recibió con un rudo golpe que despertó de su descanso
al vecino de abajo.
La abuela empezó
a reír, muy por lo bajo. Gabriel se repuso de la caída, desconcertado.
- ¿Cuántas veces
te dije, Gabito, que a los espectros no se los puede tocar? Estamos aquí, sí,
pero no somos nada.
- Lo olvidé,
abuela... Hace tanto tiempo que no converso con alguien así... hace tanto
tiempo que no sé de otras historias. Pero, cuéntame,¿ cómo te ha ido allí con
los otros?
- Bien, Gabito,
bien.... todos los personajes con los que nos topamos están allá, algo perdidos
¡y esta vez tuvieron que escucharme hablar a mí!- contestó riendo la abuela.-
¡A mí y a nadie más!
Gabriel sonrió,
mostrando los dientes, achinando un poco los ojos.
- ¿Y la niña de
la larga cabellera? ¿Está allí? ¿Pudo encontrarse con el sacerdote?
- Cálmate un
poco,Gabriel, y hazme las preguntas de a una que con tu cantaleta me atoro.
- Disculpa,
abuela... es que han pasado tantos años. Apenas recuerdo las cosas.
- Pero has podido
lograr contactarme, tanto no te has olvidado, sabés los cantos, los dibujos, la
sangre...
- Abuela, no te
imaginas lo mucho que me ha costado conseguir sangre de gallina... Tuve que
entrar escondido a un almacén para poder pincharle el cuello a una y...
- Eso no importa
ahora, Gabriel... Tienes el libro, sabes el procedimiento... Te he enseñado
bien, todo dio buen resultado. Era lo único que esperaba que sucediera desde el
otro lado. Y sucedió. Estoy muy orgullosa de ti, Gabito.
Gabito se mordió
los labios. Sus ojos eran dos enormes esferas marrones que no paraban de
brillar. Sentía un dulce cosquilleo en el pecho, una cálida caricia en la nuca,
un desprendimiento total de todos los dolores. Pero faltaba decir más.
- Abuela- apenas
alcanzó a decir, mientras las lágrimas se le resbalaban de a montones por toda
la cara- Abuela... quiero que vuelvas aquí... He estado leyendo el libro, y sé
que...
La figura casi
flotante de la abuela frunció el ceño. Se retrajo, y alzando un poco la cabeza,
dijo terminantemente que no.
- Ni lo pienses,
Gabriel- agregó- No vas a hacer éso.
- ¡Sólo tengo que
conseguir a alguien que sirva! Ya tengo el puñal con el conjuro, ya sé cómo
preparar el ambiente... con un par de días tan solo puedo...
-¡No, Gabriel!
No. Yo no quiero volver, y no vas a matar a nadie. Debes dejar esa idea de
lado, Gabriel. No es sana...
- ¿ Y fue sano,
acaso, enseñarle a un niño de cuatro años cómo hablar con los muertos?
- ¿Qué has dicho?
- Me has escuchado.
Yo quiero que vuelvas y puedo hacerlo. No entiendo qué inhibición tienes,
abuela, si...
- No sigas,
Gabriel. Tú estabas hecho para esto, era necesario enseñártelo, para que
continúe. Yo no tengo razones para volver ¿por qué quieres que lo haga?
Gabo se sonrojó.
Guardó silencio. Luego miró a su abuela y volvió a morderse los labios. Algo se
guardaba, y no quería decirlo.
- Tienes que
decírmelo, Gabriel- anunció su abuela, acercándose a él- Tienes que decírmelo
para saber si puedo volver a entrar en contacto contigo...
Gabriel volvió a
mirarla. Algo se guardaba. Habló:
- Necesito las
historias, abuela. Tú las conoces todas, y yo no las recuerdo.
Su abuela escuchó
esto y se quedó pensativa por largo rato. No podía creer lo que estaba
escuchando. Bah, si podía. Seamos sinceros: Gabriel tenía razón en lo que
decía, ya que expresaba un deseo a manera de necesidad. Quería oír historias.
Lo ridículo estaba en que estuviera dispuesto a matar a alguien para hacerlo,
sabiendo que tenía frente a él un método mucho más sencillo y menos arriesgado.
- ¿Eres idiota,
querido?- le preguntó su abuela. Gabriel se sintió ofendido y no supo qué
contestar- ¿Eres idiota, verdad? No me
contestes. Ya sé que sí. El hecho de que me hayas intentado abrazar lo
hace más evidente todavía... ¿En serio piensas matar a alguien solo por
escuchar mis historias? ¿No sabes, acaso, que puedo contártelas sin necesidad
de ser de carne y hueso? En verdad, hijo mío ¿qué problemas tienes en la
cabeza?
Gabito se quedó
callado, pensado. Estaba algo molesto, ya que el se encontraba seguro en sus
planteos. Y ahora le revelaban la verdad. Le hacían ver que era un inmenso
idiota. Y no lo quería aceptar. No quería.
- Pero, pero....
- Pero Gabo... ¡y
yo que creía que habías crecido! ¡Te has vuelto un bruto! ¿no lo has
considerado nunca? Un bruto bestial... ¡Puedes consultarme a mí y a cualquier
otro espíritu sobre tus dudas sin tener que traerlos de nuevo a la vida! ¡Como
hacíamos antes! ¡Y yo que creía que habías recordado todo!
Gabo se moría de
vergüenza. Realmente se había comportado como un perfecto imbécil.
- Mira, Gabito...
La abuela ahora tiene que irse. uando te encuentres un poco más despierto,
contáctame de nuevo, pero primero sácate esa absurda idea de la cabeza... Me
voy con los demás. Debo contarles esto...
Y la abuela
desapareció.
Gabo se quedó
callado, con el puñal en una de sus manos, pensando y seriamente en no volver a contactarse con
su abuela, y en empezar a ver cómo podía llamar a los demás espectros para
escuchar sus historias y ponerse a escribir. No escribiría nada sobre lo
recientemente acontecido con su abuela. Quería escribir las viejas historias de
los espectros, no sus idioteces

