miércoles, 4 de junio de 2014

Gabo Rest in peace


     I
Gabo, el reportero, se alarmó bastante al ver al hombre que vaciaba las criptas del convento de Santa Clara parado junto a la puerta de ingreso a las oficinas del diario en el que él trabajaba. Aquel hombre, del que Gabo apenas recordaba el nombre,  llevaba colgado un bolso al cual apretaba contra su pecho con un gran recelo hacia los peatones, que lo miraban atentamente al pasarle por al lado. Era ya de tarde, y Gabo regresaba a la redacción a pasar a limpio algunos apuntes de columnas pendientes. Sin dudarlo demasiado, se acercó al hombre de manos expertas en el transporte de huesos y lo saludó secamente. Éste tardó un segundo en contestar. Primero miró a Gabo de pies a cabeza, y luego sonrió al reconocerlo.
-         Hola- dijo- ¿usted me recuerda?
-         Sí- contestó Gabo, frunciendo el ceño- ¿Qué hace usted por aquí?
-         Lo estaba buscando, Emilio… Preciso hablarle sobre algo importante, sobre algo que encontré en una de las criptas- mencionó el vaciador, y tomó firmemente el bolso con su mano derecha- ¿Podemos hablarlo dentro?
Gabo fijó su mirada en el bolso de aquel hombre: un trapo amarrado con un cordel, lleno de manchas y agujeros, a través de uno de los cuales se podía ver algo rojo, indeterminado. Gabo sabía de lo que se podía tratar. Abrió mucho los ojos, y se puso tenso.  No podía creer lo que le estaba pasando. Trató de reponerse lo mejor posible de la sorpresa, de volver a poner la misma cara de desconfianza que tenía antes de observar el bolso. Apenas pudo lograrlo.
-         No- le dijo al hombre del bolso para distraerlo de la nerviosa expresión que le invadía el rostro- En las oficinas no podemos entrar ahora, están en reunión de redacción. Eh…. ¿me recuerda su nombre?
-         Tristán- contestó el otro- Tristán Salvatierra.
-         Bien, Tristán… Vayamos a hablar a aquel bar- ordenó Gabo, señalando la fachada de un local que quedaba cruzando la calle.
Comenzó a caminar, y al notar que Tristán no se movía de su lugar, se volvió.
-         ¿Me acompaña?
Tristán salió de su desconcierto momentáneo y , apretando contra sí el andrajoso bolso, comenzó a caminar a la par de Gabo. Éste trataba de tranquilizarse, pensado que valdría la pena no ingresar a la oficina si lograba quedarse con lo que creía que Tristán le había llevado.

Ya en el bar, sentados en la mesa más alejada , los dos hombres se sentaron, y antes de empezar a dialogar, pidieron un café. El mismo llegó un momento antes de que Tristán se largara a hablar.

-         Escúcheme, Emilio- dijo Tristán, mirando a Gabo a los ojos- He encontrado  dentro de la cripta de Rapunzel , un libro que, me parece, puede interesarle a usted y a los demás periodistas.
-         ¿Un libro?- dijo Gabo, que ni siquiera se había molestado en mirar su taza de café. Trataba de aparentar su gran emoción de la mejor manera posible, mordiéndose los labios, cerrando los puños, cruzando las hiperactivas piernas.- ¿cómo que un libro?
-         Sí, un libro- dijo Tristán, y corriendo con cuidado el platito con la taza hacia un costado de la mesa, metió las manos en su bolso y comenzó a revolver lo que había allí dentro- Mire- dijo, poniendo sobre la mesa una encuadernación de hojas marrones y arrugadas tan grande como un ladrillo.
Gabo abrió mucho los ojos, presionó aún más sus puños y ahogó un grito de victoria. Tomó el libro y comenzó a hojearlo con la mayor naturalidad posible ante la mirada atenta de Tristán, que acababa a grandes sorbos con su taza de café.

Gabo no lo podía creer. Tantos esfuerzos, tantas frustraciones, tantos años. Ya en el último intento por encontrarlo había perdido todas sus esperanza. Y ahora esto. Tan de pronto, tan inesperado, tan fácil. Tenía ganas de llorar, pero no lo hacía. Guardaba la calma mediante un esfuerzo sobrehumano que lo hacía transpirar como si se encontrara corriendo por su vida en el medio del desierto. Intentaba respirar pausadamente cuando la emoción del momento exigía a gritos valerse de oxígeno con el ritmo acelerado de los jadeos. Alterado y quieto, en contradicción, a punto de explotar, colocó un cigarrillo en su boca y lo encendió, controlando el pulso, tragándose todo el humo.

-                    ¿Qué puede ser?- preguntó Tristán con su voz áspera  y ansiosa. Gabo ya se había olvidado de él.
-                    ¿Eh?- balbuceó el reportero a modo de respuesta, alzando la vista, tratando de concentrarse.

No podía seguir falseando más. Ya bastante había tenido con ingresar al hospital abandonado en el que se había transformado el convento de las clarisas, y darle un nombre falso a quien se encontraba al mando en el lugar. Había que parar con tanta mentira. Decir aunque sea una pequeña porción de lo que ocultaba, era la magra compensación que se atrevía a realizar por temor a arruinar un plan elaborado y postergado a lo largo de años de interminables búsquedas y exposición a riesgos inútiles. Así que Gabo se sinceró  con Tristán, tratando de guardar las apariencias.
-                    Mire- dijo, tosiendo , dejando la ceniza del cigarrillo sobre el platito de café- Aquí mismo, en este lugar, no puedo precisar bien de qué se trata este libro. Es evidente su antigüedad. Dudo mucho que haya pertenecido a la niña que usted menciona, ya que no está escrito en español, ni siquiera en latín, ¿me comprende?
-                    Sí, sí- contestó Tristan, que estaba hipnotizado por la explicación de Gabo- Yo también lo revisé, y no pude entender ni jota de lo que está ahí escrito. Tiene letras muy raras. Yo creo que es árabe.
Gabo tuvo ganas de echarse a reír. “¿Árabe, albañil ignorante?”, pensó “¡Já! Ya quisieras que estas palabras fueran de ese idioma! ¡Ya quisiera yo que ahora las cosas se vuelvan sencillas!”
-                    Eso mismo, son muy raras- dijo al final Gabo, en tono preocupado.- Me gustaría poder mostrárselo a unos especialistas de la Biblioteca de Bogotá con los que tengo muy buen trato. Creo que ellos podrán ayudar bastante a determinar el origen de este escrito.
-                    Sí- contestó Tristán, con los ojos muy abiertos y las manos sobre la mesa, expectante.
Gabo lo miró un instante, guardando silencio. Los ojos de Tristán, firmes y acuosos, se enfrentaron por un momento a los de él, acechantes y ceñudos. Entonces Gabo decidió que debía romper el enfrentamiento entre miradas antes de ser descubierto.
-                    Entonces, Tristán... ¿puedo quedarme con el libro para investigarlo?
-                    Eh.... ¡Por supesto! Emilio, yo lo traje para eso. En mis manos creo que no podía haber servido de mucho, ¿verdad?
-                    No creo eso: esas manos fueron las que lo trajeron hasta aquí, y yo le prometo que se obtendrán resultados y se los comunicaré, además de pagarle este café, para agradecerlo su decisión ¿le parece bien?
-                    Sí- dijo Tristán, algo sonriente- ¿Necesita mis datos?
-                    Con que me de la dirección de su casa o del lugar donde reciba correspondencia, será más que suficiente. También si tiene un número teléfono al cual contactarlo, lo puede anotar en este papel.
-                    Claro- dijo Tristán, totalmente agradecido, y tomado la pluma a fuente que le ofrecía el reportero, garabateó un par de palabras y números sobre una servilleta que no saldría del bolsillo del saco de Gabo hasta que éste, sin darse cuenta, a la arrojara a un cubo de basura junto a una caja vacía de parissiens.
Gabo agradeció nuevamente a Tristán. Se puso de pie, y excusándose con que se le hacía tarde para entrar al trabajo, se despidió del iluso y confiado vaciador de criptas. Pagó la cuenta en la caja, y , en vez de cruzar la callé, paró un taxi y se subió en él, tratando de que Tristán no lo viera. Quince minutos después, subía las escaleras hacia su departamento, con una sonrisa de oreja a oreja y el extraño libro rojo en las manos.

II
Sobre los muebles, velas rojas. En el piso una cruz invertida dibujada con cera negra. En la pared, un reloj marcando las tres de la madrugada. Gabriel, Gabo, “Emilio”, preparado, ansioso, con un tarro lleno de sangre en las manos. El libro rojo abierto sobre la mesa, mostrando en sus páginas el dibujo de una escena similar a la de aquella habitación del departamento. Silencio en general. Por la calle no pasa ningún automóvil. El único trasnochado en el edificio es Gabo; el único con asuntos pendientes, con un plan en mente y con un puñal en el bolsillo. Sólo tiene que seguir bien los pasos. Hacer memoria, y seguir bien los pasos.

Había estado toda la tarde encerrado. No había probado bocado, ni tomado agua. Acumulaba colillas de cigarrillo junto al escritorio donde leía aquel extraño libro. Había perdido un poco la habilidad para leerlo de corrido. Estaba demasiado oxidado. No contaba la velocidad que tenía en su niñez. El paso de los años, la falta de práctica, la muerte de su abuela. Con ella se había ido todo un mundo. Un mundo misterioso, encantador, oscuro. Un mundo en el que el pequeño Gabo entraba cada vez que quedaba al cuidado de ella. Para entrar hacía falta estar preparado, y Gabo, a la edad de cinco años, ya lo estaba bastante. Su abuela lo había entrenado. Ella le había explicado palabra por palabra el lenguaje de los muertos; frase por frase los poemas impíos; tono por tono las melodías de resurrección. Y solo por entretenimiento. Por querer escapar un momento de la calma noche de aquel pueblo aburrido, para entrar en contacto con los que antes allí habían vivido, espectros mucho más interesantes que los mortales de turno. No podía hacerlo sola. Cada vez que entraba en contacto con aquellos seres caducos, perdía de a poco su habilidad. Necesitaba preparar a alguien para que la misma no se perdiera, y ese alguien era Gabo. Él, a la edad de cuatro años, una calurosa noche de primavera, entró a la habitación de su abuela en el preciso momento en el que ella se encontraba intercambiando pareceres con una labriego que llevaba ya varios siglos de muerto. La abuela apenas notó el ingreso de su nieto, y se sorprendió mucho al oír la voz de este interrogando al fantasma:
-                    ¿Por qué está tan pálido, señor?- había dicho Gabo.
El fantasma rió, y su abuela supo por fin dónde empezar a depositar su vasto conocimiento sobre esa cosa que algunos llamaban “el más allá”.


A los nueve, llegada ya la medianoche, junto a su abuela, recitaba versos guturales, entonaba melodías roncas y, vertiendo un poco de sangre de gallina sobre una cruz invertida de cera negra dibujada en el suelo de una lejana habitación, hablaba largo y tendido con los restos espirituales de aquellas personas de grandes historias. De esa manera conoció a un muy poco avispado coronel que se jactaba de haber tenido 17 hijos (que llevaban su mismo nombre y  una cruz dibujada en la frente) durante una guerra sin vencedores. Se contactó también con un naufrago muerto en el Caribe que podía ver el futuro, y que adivinaba en él que alguien correría su misma suerte con una variante en el final. Habló con centenares de espíritus que se habían llevado varios secretos a la tumba, y elaboró con su abuela un especie de informe para no olvidar. De allí surgió su vocación por la escritura, y de los espectros entrevistados, su inspiración.

Su abuela tenía más experiencia, y guardaba más historias para contar. Gabo las escuchaba encantado cada vez que no conseguían alguno de los elementos para el ritual que sólo ellos dos celebraban cuatro veces al mes. Ella  le hablaba entonces sobre guerreros aztecas que se disfrazaban de pájaros para poder volar, de conquistadores fracasados que se habían muerto ahogados en un pantano, de esclavos sin dueño y de amantes sin final feliz. Este último tipo de historias captaban bastante la atención del pequeño Gabo. Le pedía constantemente a su abuela que se las repitiera, y ella, encantada, volvía  a hacer memoria mediante palabras para sacar a relucir la versión de esa historia que le había contado el espectro de un médico sin título y con fama de nigromante llamado Abrenuncio: la de una niña hija de un marqués, que tenía el corazón en África, con un joven sacerdote de cabellera con un lucero llamado Cayetano. Gabo se fascinaba con las vueltas que había sufrido la niña, y con el sacrificio y atrevimiento con el que había actuado ese sacerdote para estar junto a ella. En los ratos en los que se encontraba distraído de sus juegos de niño, los dibujaba con tiza en las paredes de la casa de su abuela, resaltándolos con un trazo más delicado entre varios monigotes más que representaban conquistadores empantanados, coroneles con 17hijos y náufragos videntes.


Después de cumplir los doce años, Gabo fue perdiendo contacto con su abuela. Ya no coincidían casi nunca para concretar un ritual. Las veces que se veían era por alguna reunión familiar,y, como máximo, seis horas. No había tiempo suficiente, ni lugar físico lo suficientemente íntimo como para dibujar con cera negra una cruz invertida en el suelo para derramar salgre de gallina sobre ella. Y, por sobre todas las cosas, Gabo perdía de a poco el interés por ese tipo de prácticas. Ahora que había ingresado a la etapa de estudios “superiores” de la escuela, comenzaba a descubrir otro mundo, otra gente, otras historias. Comenzaba a relacionarse más con los vivos que con los muerts, a empezar a construir sus propias aventuras. Por supuesto que en él todavía quedaba cierto rostro de aquellas sesiones con el más allá, pero consideraba ya conocía bastante historias sobre muertos, que se repetían demasiado, y que solo contaban con el encanto de lo sucedido, y no con la emoción de lo que puede suceder. Así pasaron varios años hasta la muerte de su abuela. Ella agonizó durante varias horas, y tuvo tiempo de hablar por última vez con gran parte de sus seres queridos. Cuando Gabo entró al lecho queriendo ocultar las lágrimas que se le escapaban de los ojos, ella lo calmó. Le dijo que no iba a pasar nada, que no perderían el contacto si él se esforzaba en hacer memoria. Él le preguntó en qué, y ella le dijo que pensara en conquistadores empantanados, y aztecas vestidos de pájaros que ansiaban volar. A Gabo se le iluminó el rostro. Todas las historias se le cruzaron como un rayo por la cabeza acompañadas por la imagen de siluetas pálidas sin rostro definido. Se acordó del naufrago, del coronel, del joven sacerdote, de la hermosa niña con el corazón en África.  Le dijo a su abuela (que ya se iba junto a todos esos personajes) que recordaba los rituales, los desvelos, y las historias. Su abuela sonrió por última vez, y comenzó a contarle algo que se había guardado durante años. Le dijo que lo más probable fuera que no recordara nada de aquellos rituales, que no recordara las escrituras, las letras, y que existía una solución para eso: La tumba de la niña con el corazón en África. Si él recordaba esa historia, sabía donde encontrarla. Allí hallaría un libro rojo con las escrituras de las canciones de resurrección, con las instrucciones en ese idioma oculto para contactarse con los que en la tierra ya no están. Gabo se desesperó, y quiso saber más. La abuela intentó dar explicaciones, pero no alcanzó a hacerlo, y y murió murmurando cosas sobre un tal Abrenuncio. Gabo nunca volvió a llorar tanto como ese día.

 Cuando hubo pasado la tristeza de la pérdida, decidió ponerse manos a la obra. Recordó los detalles de la historia de la niña y el sacerdote. Supo dónde debía buscar, y varias veces intentó entrar a aquel viejo convento devenido en hospital. Una vez lo logró, pero no encontró el sitio donde se encontraban las criptas. Los siguientes intentos fueron un gran fracaso.

De a momentos dejaba de pensar en el asunto. Se ponía a escribir, a trabajar, a vivir. Pero siempre volvía a la intención de querer encontrar el libro que su abuela había mencionado antes de morir. Una fuerza desconocida lo colocaba devuelta en ese camino, con un grado de nerviosismo extremo, que lo llevaba a breves lapsos de obsesión. Un mes estaba bien. Escribía cuentos, trabajaba para revistas, atendía a sus amantes y leía estanterías repletas de libros tan solo por placer. Y en esas lecturas a veces encontraba indicios. Indicios que lo volcaban nuevamente a su siempre frustrada investigación: un muerto parlante, un conquistador sin suerte, una abuela querida muerta para desgracia de sus descendientes, un sacerdote rebelde, una niña hermosa. Hasta algunas veces experimentaba esta brusca forma de recuerdo caminando por el medio de la calle. Llegando tarde a una cita, a una reunión, a una cama, se cruzaba con alguien similar a  uno de esos muchos personajes que él había conocido de pequeño y el tormento de lo incumplido se le venía encima y lo dejaba pensando, urdiendo planes para volver al ruedo, para inventarse una chance.
Algo así le pasó aquella tarde en la redacción del diario. Al editor le había llegado la noticia de que, debido a que se pensaba demoler el hospital (que anteriormente había sido el Convento de Santa Clara) para construir un hotel, se estaban vaciando las antiguas criptas que ahí estaban. Al editor el asunto le importó un bledo, pero no podía dejarlo de lado. Al fin y al cabo, era una noticia. No dejaría que los demás diarios la publicaran y el suyo no. No podía dejar nada afuera, ya que recién estaba empezando su trabajo como editor. Llamó al reportero más joven e inexperto para que saliera a dar una vuelta y escribiera unos parrafitos sobre lo acontecido. Y ese joven inexperto era Gabo, quien tuvo que retener el impulso de dar un salto de la alegría al enterarse de su nueva tarea.

Fue al lugar. Dio un nombre falso, por si llegaban a descubrirse sus verdaderas intenciones, e inspeccionó todo con suma atención. Los obreros le pedían que se corriese del medio para poder seguir trabajando. No encontró nada, nuevamente se decepcionó. Toda su obsesión se le volvió en contra, y tuvo ganas de matarse. No lo hizo por respeto a los demás, para guardar las apariencias. Algo de fe le quedaba. Tan sólo debía volver al lugar de las criptas para seguir investigando. Pero no fue necesario. Porque apareció Tristán, quien le permitió entrar en contacto con las páginas de ese libro funesto que guardaba en su interior secciones extraídas del Necromicón.


Y así volvemos a lo nuestro: Las velas rojas. La cruz invertida en el suelo. El tarro en las manos. El libro en la mesa. El puñal en el bolsillo. La decisión en el primer chorro de sangre de gallina arrojado al suelo. La primer entonación de un horrible canto, el rugir del silencio, y la luz de una pálida silueta conocida.



III

Gabo volvió a encontrarse con su abuela. Ella, en su estado espectral, mantenía la misma apariencia  que tenía a la hora de morir. Todavía sonreía gracias  a que su nieto había recordado todos los rituales que habían celebrado juntos.  Ahora, al aparecer tan repentinamente en un lugar tan pequeño y cerrado, y al  ver a su nieto tan grande y con todos los rasgos de un hombre, no pudo evitar llorar. La emoción la invadía, cambiaba su tono pálido, y sorprendía bastante a Gabo, que, arrodillado frente a ella, también lloraba.
-         ¡Abuela!- le dijo entre sollozos- ¡Abuela!¡Encontré el libro, lo encontré!


Había vuelto a ser aquel niño que se burlaba de los espíritus y que dibujaba con cera negra una cruz invertida sobre el suelo.
-Lo encontraste, Gabo. Lo has encontrado...-  le decía la abuela, acariciándole el cabello- Pero dime ¿cuánto has tardado?
- Años- respondió Gabo, con un nítido brillo en los ojos- Años, abuela. Me esforcé mucho y no conseguí nada... pero hoy, ahora, cayó en mis manos como un regalo del cielo... cayó en mis manos...
- No es propicio hablar del cielo ahora, Gabo... No es propicio. Y ya sabes muy bien por qué...
- Sí, sé... pero, pero... no sé qué decir abuela... ¡Lo logré, encontré el libro!
Gabo se abalanzó sobre la figura de su abuela con los brazos extendidos, queriendo abrazarla. La traspasó, y el suelo lo recibió con un rudo golpe que despertó de su descanso al vecino de abajo.
La abuela empezó a reír, muy por lo bajo. Gabriel se repuso de la caída, desconcertado.
- ¿Cuántas veces te dije, Gabito, que a los espectros no se los puede tocar? Estamos aquí, sí, pero no somos nada.
- Lo olvidé, abuela... Hace tanto tiempo que no converso con alguien así... hace tanto tiempo que no sé de otras historias. Pero, cuéntame,¿ cómo te ha ido allí con los otros?
- Bien, Gabito, bien.... todos los personajes con los que nos topamos están allá, algo perdidos ¡y esta vez tuvieron que escucharme hablar a mí!- contestó riendo la abuela.- ¡A mí y a nadie más!
Gabriel sonrió, mostrando los dientes, achinando un poco los ojos.
- ¿Y la niña de la larga cabellera? ¿Está allí? ¿Pudo encontrarse con el sacerdote?
- Cálmate un poco,Gabriel, y hazme las preguntas de a una que con tu cantaleta me atoro.
- Disculpa, abuela... es que han pasado tantos años. Apenas recuerdo las cosas.
- Pero has podido lograr contactarme, tanto no te has olvidado, sabés los cantos, los dibujos, la sangre...
- Abuela, no te imaginas lo mucho que me ha costado conseguir sangre de gallina... Tuve que entrar escondido a un almacén para poder pincharle el cuello a una y...
- Eso no importa ahora, Gabriel... Tienes el libro, sabes el procedimiento... Te he enseñado bien, todo dio buen resultado. Era lo único que esperaba que sucediera desde el otro lado. Y sucedió. Estoy muy orgullosa de ti, Gabito.
Gabito se mordió los labios. Sus ojos eran dos enormes esferas marrones que no paraban de brillar. Sentía un dulce cosquilleo en el pecho, una cálida caricia en la nuca, un desprendimiento total de todos los dolores. Pero faltaba decir más.
- Abuela- apenas alcanzó a decir, mientras las lágrimas se le resbalaban de a montones por toda la cara- Abuela... quiero que vuelvas aquí... He estado leyendo el libro, y sé que...
La figura casi flotante de la abuela frunció el ceño. Se retrajo, y alzando un poco la cabeza, dijo terminantemente que no.
- Ni lo pienses, Gabriel- agregó- No vas a hacer éso.
- ¡Sólo tengo que conseguir a alguien que sirva! Ya tengo el puñal con el conjuro, ya sé cómo preparar el ambiente... con un par de días tan solo puedo...
-¡No, Gabriel! No. Yo no quiero volver, y no vas a matar a nadie. Debes dejar esa idea de lado, Gabriel. No es sana...
- ¿ Y fue sano, acaso, enseñarle a un niño de cuatro años cómo hablar con los muertos?
- ¿Qué has dicho?
- Me has escuchado. Yo quiero que vuelvas y puedo hacerlo. No entiendo qué inhibición tienes, abuela, si...
- No sigas, Gabriel. Tú estabas hecho para esto, era necesario enseñártelo, para que continúe. Yo no tengo razones para volver ¿por qué quieres que lo haga?
Gabo se sonrojó. Guardó silencio. Luego miró a su abuela y volvió a morderse los labios. Algo se guardaba, y no quería decirlo.
- Tienes que decírmelo, Gabriel- anunció su abuela, acercándose a él- Tienes que decírmelo para saber si puedo volver a entrar en contacto contigo...
Gabriel volvió a mirarla. Algo se guardaba. Habló:
- Necesito las historias, abuela. Tú las conoces todas, y yo no las recuerdo.
Su abuela escuchó esto y se quedó pensativa por largo rato. No podía creer lo que estaba escuchando. Bah, si podía. Seamos sinceros: Gabriel tenía razón en lo que decía, ya que expresaba un deseo a manera de necesidad. Quería oír historias. Lo ridículo estaba en que estuviera dispuesto a matar a alguien para hacerlo, sabiendo que tenía frente a él un método mucho más sencillo y menos arriesgado.
- ¿Eres idiota, querido?- le preguntó su abuela. Gabriel se sintió ofendido y no supo qué contestar- ¿Eres idiota, verdad? No me  contestes. Ya sé que sí. El hecho de que me hayas intentado abrazar lo hace más evidente todavía... ¿En serio piensas matar a alguien solo por escuchar mis historias? ¿No sabes, acaso, que puedo contártelas sin necesidad de ser de carne y hueso? En verdad, hijo mío ¿qué problemas tienes en la cabeza?
Gabito se quedó callado, pensado. Estaba algo molesto, ya que el se encontraba seguro en sus planteos. Y ahora le revelaban la verdad. Le hacían ver que era un inmenso idiota. Y no lo quería aceptar. No quería.
- Pero, pero....
- Pero Gabo... ¡y yo que creía que habías crecido! ¡Te has vuelto un bruto! ¿no lo has considerado nunca? Un bruto bestial... ¡Puedes consultarme a mí y a cualquier otro espíritu sobre tus dudas sin tener que traerlos de nuevo a la vida! ¡Como hacíamos antes! ¡Y yo que creía que habías recordado todo!
Gabo se moría de vergüenza. Realmente se había comportado como un perfecto imbécil.
- Mira, Gabito... La abuela ahora tiene que irse. uando te encuentres un poco más despierto, contáctame de nuevo, pero primero sácate esa absurda idea de la cabeza... Me voy con los demás. Debo contarles esto...
Y la abuela desapareció.

Gabo se quedó callado, con el puñal en una de sus manos, pensando  y seriamente en no volver a contactarse con su abuela, y en empezar a ver cómo podía llamar a los demás espectros para escuchar sus historias y ponerse a escribir. No escribiría nada sobre lo recientemente acontecido con su abuela. Quería escribir las viejas historias de los espectros, no sus idioteces


viernes, 9 de mayo de 2014

Boludos

Boludos


Ahí  va:
I

     Esteban se creía ingenioso, pero no lo era.  Le gustaba jugar con las palabras, confundirlas, darles otra sonoridad. Así, en lugar de decir “estufa”, decía “estafa”, y en lugar de decir “carpeta” decía “curpeta”. Nada del otro mundo, a decir verdad. A todos a veces se nos ocurre poner una letra donde no va, para volver el diálogo más ameno, más entretenido. El asunto estaba en que Esteban (¡já!) no encontraba el momento adecuado para decirlas. Largaba sus casi simpáticas ocurrencias cuando se les cruzaban por la cabeza, como cuando uno se desquita de un pedo al saberse completamente solo en un espacio abierto. Así que así era la vida de este sujeto encorvado, alto, de pelo negro y ojos pequeños, que rara vez se peinaba, y que muchas veces tropezaba con las raíces de los árboles o las baldosas flojas  de antiguas veredas.

      Cuando estaba con amigos, trataba de mechar alguno de sus chistecitos. Una tarde de mates, música, risas e interrogatorios acerca de si ya te cogiste a esa pelotuda, Esteban trataba de contar lo que le había pasado el anterior viernes en una fiesta, o en el colegio, o en sus sueños.

    Decía:
-        Entonces yo me alejo con sigilo de la mina con la que estaba, y Alejandro se ricardea todo cagado para la puerta del boliche.
     Tan seguro lo dijo, que sus amigos tardaron en notar una incongruencia en la frase. Fueron dos segundos de asentimiento de parte de ellos, y de silencio expectante por parte de Esteban. Luego cayeron, y,  con el ceño algo fruncido, exclamaron :
-        ¿ Qué dijiste?
-        Nada- contestó Esteban, y siguió el relato lo más serio posible, algo triste, algo culpable de que los demás no lo comprendan.





II
      Federico es chico, gordo, y tiene cara de pan mojado. Todas las mañanas va solo al colegio privado al cual asiste, con una mochila cargada de libros que amenaza con tirarlo hacia atrás. La cuota mensual es de setecientos pesos. Él conoce este detalle, pero no sabe para qué puede servirle. Su padre, arquitecto siempre ocupado y ausente, pelado (¡qué cruel es el destino, Fede!), se lo repite con mucha frecuencia, más todavía cuando se encuentra enojado. En los momentos de calma, suele exigirle a su hijo que trate de hacer las cosas de la mejor manera posible, para destacarse y así hacer valer la cuota que mes a mes tiene que pagar, y que le molesta tanto como un grano infectado en el medio del culo.

     A Fede le falta crecer, pero, observándolo bien, ya puede verse cómo será a futuro: aplicado, cumplidor, reservado, eficiente, y peligroso. Muy peligroso. Tanto para él como para terceros. ¿A qué se debe esto? Esto se debe a que Federico cruza muy mal la calle. Pero no de la manera convencional: sin mirar para los dos lados y bajando de la vereda a mitad de cuadra. Él, como todo buen ciudadano, se para en la esquina y mueve la cabeza de derecha a izquierda reiteradas veces para desestresarse y ver qué se aproxima. Cuando no pasa nadie, espera. Se ata los cordones, se sube las medias, pone otra canción en su celular, ajusta sus audífonos, y después se apoya en el poste de luz más cercano, despreocupado, porque sus zapatos parecen de cuero pero son de goma. Vuelve a mirar, y si sus ojos se encandilan con el fulgor de dos faros blancos que se aproximan cada vez más, Fede, cual atleta olímpico, se pone en posición de largada y empieza a sentir cómo los latidos de su corazón se aceleran, a la misma vez que sus oídos captan la melodía inicial de “Eye of Tiger” y sus pies empiezan a vibrar de la emoción. Se siente estupendo,  se quita un auricular con un rápido movimiento de manos y al captar la cercanía de un motor en funcionamiento, se libra del peso que la gravedad ejerce sobre él y sale disparado hacia adelante, corriendo cual liebre silvestre por la pradera, con el pecho cosquilleante de alegría. No mira hacia atrás: cierra los ojos, se deja llevar por ese instante de libertad, de desinterés, de riesgo. Recibe el bocinazo y los insultos como los halagos de las más bellas y cautivantes criaturas, como la caricia de la mujer más querida, como se recibe el tibio sentimiento de un sincero abrazo.  Siente cómo el asfalto raspa las suelas de sus zapatos, y, con una seguridad escandalosa, cree estar gastando poco a poco la superficie del mundo, el sostén de la realidad y de los grandes diseños, que poco valen a la hora de la muerte, que ahora tan próxima está de él. Se pone en el límite por decisión propia, juega todas sus cartas contra el abismo, y gana. Ésta vez gana. El abismo pasa por detrás de él, que ya está en la otra esquina, colorado, feliz. Una sonrisa se le dibuja en la cara, y al dar otro paso sobre la nueva vereda, se desvanece, y el rostro de Fede deja de ser el de un temerario sagaz, el de un gigante triunfador. Sus pies ya no son tan ligeros como el viento en la costa. Vuelve a su pesaroso andar, a su cabeza gacha, a su cara de chanchito regañado, a su vida cobarde con pocas chances de prosperar. La mochila le pesa sobre la espalda, y él se esfuerza en no dejarse vencer, en no caer hacia atrás , en dejar de oír las palabras de su padre, tapándolas con otra canción, subiendo el volumen de los auriculares.






III

      No hay dos sin tres. Y espero que te sientas afortunado, o afortunada. Vos también sos algo bolud@

     Y yo también, ¿cómo me voy a quedar afuera después de poner ese ridículo arroba? ¿Cómo nosotros, parte de la gran masa de carne que se llama humanidad, y que siempre está dispuesta a la estúpidez, no vamos a caber todos juntos en esta bolsa? Ojo, eh. No te lo tomes a mal, está bien que seamos medio boludos. Si no ¿qué nos queda? ¿Qué anécdotas contaríamos? ¿A qué mujer no agradaríamos con nuestra presunta ternura, que no es otra cosa más que boludez  en su estado más puro? ¿eh? ¿Qué mal tiene que a veces nos comportemos como inútiles conscientes, decididos? ¿No podemos mear contentos fuera del tarro, sin estar borrachos, sin estar drogados, sin ser antes hipnotizados por la cara de esa turra que nos puede? ¿Qué seriedad estás buscando, a qué profundidad apuntás cuando lo único que tenemos todos es esta hermosa condición de salames que necesitan de la necedad de algunos otros para ser felices, para contar un chiste? ¿No tenés ganas de responder?

     Yo tampoco, muchach@s.  No tiene sentido refutar nada de esto, contestar a tanto discurso de nada, venir con frases hechas, con citas tapa culos universales, no vale nada. Dejate estar, che. Pudrite conmigo, y tropezate con las raíces, con las baldosas, decí lo que no tenés que decir cuando menos te convenga. Vas a aprender mucho. Escupí sin querer en la cara de la flaca que te vuelve loco. Tocale el culo al profesor y mostrale una sonrisa cómplice, guiñale un ojo, pedile su número de teléfono. Hacé algo, y sé libre. Vamos que se puede. De ésta salimos juntos. No hay barrera que no podamos traspasar, o llevarnos puesta para después darnos cuenta que se podía pasar por abajo, agachándose un poco, y así adentrar en las vías de la vida por donde siempre pasan esos hermosos trenes que nos topan de frente y no tienen más remedio que arrastrarnos y hacernos bien mierda.





lunes, 10 de febrero de 2014

Camaleón Emocional


 A los doce años, en medio de una clase de Ciencias Naturales, la profesora se había olvidado que teníamos que rendir una evaluación para el cierre del trimestre. Todos mis compañeros, al darse cuenta de este despiste salvador, se miraron entre sí con las cejas enarcadas y una sonrisa en la cara. Supe enseguida que no había que decir nada, y, si preguntaban, había que mentir. Yo era nuevo en el curso y no había hablado con nadie. Eso de ingresar a mitad de año fue un punto en contra. Sin embargo, vaya  por esas cosas de la burocracia  y la  prevención del escádalo, la profesora sabía sobre mi condición.

Mi ingreso al colegio fue , al igual que algunos otros pocos, un acontecimiento  histórico. Todas las autoridades de la institución se habían reunido junto a mis padres semanas antes de que yo empezara las clases para conversar sobre mi problema, con la disertación académica siempre presente del Doctor Griera, y con todos los papeles de los estudios en un sobre de plástico enorme. En la reunión llegaron al acuerdo de no permitir que mi condición se conociera entre los alumnos , ya que podría traer problemas, más a mí que a cualquier otra persona, ya que yo soy uno de los pocos fetos sobrevivientes a  la excentricidad de la ciencia, y al desquicio de sus padres.

  Así que la muy maldita de la profesora me preguntó si ella se olvidaba de algo, con el folleto del círculo cromático con referencias muy mal oculto detrás de una hoja casi traslúcida. Mis compañeros me miraron feo, expectantes, y yo me sentí acorralado. La profesora sonrió con los labios apretados y el diablo bailándole un twist en los ojos. Respiré profundo, tratando de consolarme con el pensamiento de que la medicación “Anti-Pinocchio” tenía que funcionar de una vez por todas. Luego de suspirar, le dije que no. La sonrisa de la profesora se acentuó aún más al revisar el círculo cromático. Mis compañeros abrieron la boca hasta sacarse la quijada de lugar, lanzando gritos de asombro, como si tomaran aire después de mantener la cabeza durante horas bajo el agua. Yo me puse todo bordó, y el diablo en el brillo de los ojos de la profesora empezó a bailar una polca, acompañándose con aplausos y sosteniendo el tridente en su cola puntiaguda como un látigo incandescente.


  Yo ya estaba acostumbrado a esa reacción. Me impresionó que mis nuevos compañeros se recuperaran enseguida del espanto al caer en la cuenta de que iban a tener la evaluación.  En el recreo me reventaron a golpes. Tuvo que intervenir  un profesor para salvarme.

Como aparte de los moretones violetas, presentaba un color verde alga, el profesor no pudo aguantar la tentación y sacó el folleto con el círculo cromático con referencias de su bolsillo, y después de enterarse de que yo me encontraba “triste e indignado”, trató de consolarme llevándome a la oficina de Dirección, prestándome una computadora con acceso a Internet y una revista de autos, que según él, era una maravilla. Después salió al pasillo. Oí cómo le comentaba a las secretarias allí presentes (una tenía que llamar a mis padres, y oí como se descalabraba de risa ) lo útil que era el círculo cromático, y ellas le decían que sí, formidable,  que por el vidrio de la puerta se podía ver que estaba azul, y le preguntaban al profesor qué sentimiento significaba ese color. “Vergüenza”, les dijo. Echaron a reír, despacito, mientras yo me ponía más azul,  como el cielo en noche cerrada.

  Al otro día mis papás ya estaban buscando otro colegio, el Doctor Griera me aumentaba la dosis de un antídoto temporal inútil, y yo padecía en mi cama el dolor producido por los golpes y empujones que hasta entonces nunca había ligado.

  Había empezado a cambiar de color a los seis años, el tiempo exacto que se había estimado para que el tratamiento prenatal surtiera efecto. Era eso o morirme. Cuatro mil niños modificados genéticamente habían fallecido cerca de la fecha de mi sexto cumpleaños.

Arrestaron a mis padres cuando los resultados de los estudios que me habían hecho al nacer se dieron a conocer. Mis cromosomas eran diferentes en no sé qué unión.  Años más tarde, escuché decir a unos doctores que mis cromosomas, vistos en la computadora, parecían un arcoiris.

  No tenía parientes cercanos, y terminaron adoptándome a los cuatro meses de recién nacido. Mis nuevos padres ya sabían que en el futuro habría problemas, y lo aceptaban, creyendo estar preparados, tanto emocional como económicamente.

  A los quince años, en una fiesta donde la pasaba bastante bien, calladito en la barra, me puse bordó cuando una chica me preguntó, en joda, si yo seguía haciéndome la paja. Contesté que no, confiando en el avance de los estudios y medicamentos del Doctor Griera, sin saber que el Fernet con Coca anulaba los efectos de la medicación. Cuando la vi alejarse, gritándole a todo el mundo que se acercaran para verme, me di cuenta que del bolsillo trasero de su pantalón sobresalía una copia reducida del círculo cromático con  referencias. Me cubrí la cara con mi campera, salí a la calle y me llevé puesta una vieja cabina telefónica. Paré un taxi. Me subí manteniendo la campera en mi cara, y le di al conductor la dirección de mi casa.  Me asusté y me sentí invadido, cuando, después de haber puesto en marcha el auto, me dijo:
-        ¡Ah, sos vos! ¿Verde de qué es ahora? ¿De Vergüenza o de Remordimiento?
Alzando un poco la cabeza, contestando cualquier cosa, pude ver que en el asiento del acompañante, todo arrugado, descansaba ese maldito folleto con las referencias.

 Así supe que mi peor enemigo se había esparcido por toda la ciudad. Más tarde, mientras escuchaba discutir a mis padres, me enteré de que el dichoso papelito  era actualizado acorde a cada modificación de mis medicamentos gracias a los turros que trabajaban en la farmacia del hospital, y  que se vendía como pan caliente en los almacenes y puestos de diarios de mi ciudad. A mi casa llegaban cartas de agradecimiento de varias imprentas, siempre con alguna boludez de regalo. Mi madre adoptiva  tiraba, al mes, media docena de tapers y otros elementos de cocina, diciendo que era un escándalo, contactando abogados, asegurándome que no tenía nada por qué preocuparme. Mi padre hacía lo mismo, se ponía serio a la hora de cenar y decía que este era un negocio sucio, que se alimentaba de la invasión de la privacidad. Sin embargo, algunas noches, cuando él creía que yo estaba durmiendo, pude saber, al pasar cerca de la puerta de su despacho, que disfrutaba bastante de los habanos de cortesía que el canillita le dejaba envueltos junto al diario del domingo.


   Ahora tengo diecisiete años. Sigo odiando a los Pitufos y a Los Simpsons. Estudio en casa. Soy autodidacta. Me paso el día leyendo libros que pido prestados en la biblioteca, y salgo a caminar cuando es de noche. No le tengo miedo a la inseguridad, con las nuevas pastillas del siempre presente Doctor Griera  me pongo verde cuando quiero; los ladrones todavía no se avivaron del círculo cromático con las referencias, por eso, el otro día uno pensó que me estaba transformando en el Increíble Hulk, cuando mi piel se puso verde alga, fruncí el ceño y rugí. Por suerte  el maleante estaba sólo en compañía de su cuchillo. Fue arriesgado, pero todavía tengo en mi bolsillo los cien pesos que pudieron irse esa noche.

Los otros bebés manipulados genéticamente que,como yo, lograron sobrevivir, poseen mutaciones mucho más  útiles e interesantes. Ahí están ahora, combatiendo al crimen, saliendo en realities de televisión y haciéndose pedazos entre ellos, gracias a que algún tuvo ganas de volverse villano.

 Espero que a ninguno se le ocurra hacer la revolución mutante, porque todos ellos, unidos en común acuerdo, pueden hacer papilla a los que no fueron manipulados antes de nacer. Ellos no están acostumbrados a que se le caguen de risa en la cara. No les pasa lo miso que a mí, que en la puerta de mi casa las personas de mi barrio, y otras que vienen muy de lejos, hacen pintadas donde me dicen Arco Iris Random, Súper Paletita y Tonitos Aleatorios.

Una vez, revisando la cantidad de estupideces que algunos de ellos deslizan bajo la puerta, encontré una carta de una mujer que me llamaba Camaleón Emocional.  En la misma, ella decía comprender mi martirio, y me preguntaba cosas que nunca antes me habían preguntado. Me preguntaba sobre mis gustos, sobre mi visión del mundo, sobre la opinión que guardaba para con los demás mutantes.

Me pasó su mail, y así comenzamos a intercambiar mensajes, que para mí eran una gran liberación. Vi fotos de ellas, y ellas vio fotos mías, que me saqué con la webcam, encerrado en mi habitación, primero con una capucha que me rozaba las pestañas, y luego bien peinado y vestidito, hasta delicadamente perfumado.

 La relación “epistolar” duró seis meses. Luego ella dejó de contestarme los mensajes, y yo no me animé a insistir. Creí que la había agobiado con tanto palabrerío, con tanta cita de autores, con tanto vuelo literario de pájaro enjaulado. No me animé a insistir,  e intenté canalizar todo mediante la poesía. Los resultados fueron desastrosos. Nada rimaba. Todo era cursi. Prendí fuego los papeles, y acepté que la tristeza se transitaba mejor dejando las hojas en blanco y manteniendo la birome quieta. Recordaba bien su nombre, que al principio me hacía ruido por no estar acostumbrado a escucharlo, pero que después se volvió el “amén” de todos mis lamentos.

Fue amargo saber que así se llamaba la protagonista de un libro que llegó a ser Best-Seller: “Cartas del Camaleón Emocional”, escrito por Antonio  Kutzloff, que promocionaba su insulto bajo la afirmación de que en las páginas mismo se encontraban fotos y detalles del mutante marginal, y fuertes acusaciones contra los demás mutantes del país...

Antonio Kutzloff...Él era quien estaba detrás de ese falso contacto, de ese seco nombre. Me sentí verdaderamente estúpido. Había estado cegado por la emoción de sentirme comprendido por primera vez  en toda la vida. Le había confiado a ese nefasto escritor cosas íntimas, creyendo que alguien en el mundo (¡Una mujer!)pensaba en mí como yo quería que me pensaran. Había pisado el palito como un zopenco, como un descerebrado, desesperado porque alguien me diera bola...

Pasé varios días encerrado en mi pieza, con la piel color celeste congoja repleta de puntitos rojos de rabia. Sentía la fiebre de la bronca en mi cabeza. El cuerpo me temblaba, y mi cuerpo, al alcanzar los cuarenta grados, se ponía todo violeta, y empezaba a delirar.

Ahora ya pasaron dos semanas de todo esto. Mis padres iniciaron las correspondientes acciones legales.  El juicio no va a durar mucho. Es bien sabido quién está en falta, quién tiene que pagar. Yo sólo tengo que hacer las pases con los demás mutantes, que me tienen entre ceja y ceja por los comentarios que se me atribuyen en el libro. Estoy obligado a demandar a ese pícaro escritor,  para sacarle de encima todas las ganancias, y el derecho de autor. Ya me cansé de que me traten así. Esto es ridículo.

Al juicio lo voy a ganar. El revuelo mediático que se armó es impresionante, y tengo de mi lado a algunos mutantes  a los que logré contactar vía mail, que también fueron víctimas de Antonio Kutzloff y que, gracias al cielo, tanto no se ofendieron con mis declaraciones . Cuando cumpla los dieciocho, y tenga en mi poder eso de los derechos de autor, voy a ser yo quien se ponga a escribir sobre mi vida. Y no me para nadie. Aunque en le juicio me ponga amarillo de bronca, y luego naranja de júbilo, juro que desde ahora no me para nadie.