martes, 15 de octubre de 2013

Los que se van

Requisitos básicos

Cosas así pasan adentro del colegio. Afuera no hay personas que den con el papel. Las que están adentro de la secundaria lo dan porque en esta instancia estamos todos a medio hornear, viendo para qué lado tiramos o somos tirados, por esa cosa maravillosa que es la vagancia en conjunto.

Esta cosa de ver para dónde vamos y cómo es que vamos, hace que intentemos todo el tiempo dejar en claro algo de lo que apenas tenemos una pizca de seguridad. Destacados son los conjuntos con una misma incertidumbre que se valen de una mentira colectiva para hacer desmadres en el ánimo de  los que creen que no los entienden. Notables esos que tratan de cultivar una personalidad que rompa con todos los parámetros de la conducta ya constituida, aunque sea de manera ridícula, simpática o detestable.

Los que se van son una mezcla de éstas tres formas de trato. La interpretación cambia dependiendo la educación que haya tenido uno en casa y la predisposición a la idiotez y al respeto que se haya generado en el sendero de sustos y descubrimientos que fue la primaria.

Los que se van son seres guiados por su interés, por su impulso,  que se muestran pacientes a primera instancia, y que después se fastidian si no se cumplen de manera pronta sus indicaciones, o si no se satisfacen en un tiempo breve sus deseos, los cuales pregonan en voz alta.


Los que se van siempre te van a pedir un favor. Que los acompañes al buffet, o a dar una vuelta en el patio, o que le digas a aquel que quiere que le preste los auriculares.

Los que se van se agarran de los idiotas acatadores que pretenden ser amables, los boludos que cursan estudios en el área de la buenudez para ver cuándo carajo obtienen su diploma, que regularmente son sus compañeros de banco.

Los que se van son amigos de otros que también se van. Pasa seguido que el boludo de turno que hace de compañero de banco y le pasa las respuestas de las actividades de economía, política o biología. Al oír el timbre, le dice que sí al compañero de banco que se va para ir a caminar por el patio, a mover un poco las piernas. Es entonces cuando el que se va se encuentra con su amigo de siempre y se ponen  a hablar de algo que el boludo no entiende, no conoce, o no le interesa. Sin embargo el boludo va a quedarse ahí, (cual mastín guardián en la puerta de la hermosa y virgen hija del Conde dentro de un castillo rodeado de orcos onanistas cuyo gran sueño es empomársela a la condecita,) escuchando lo que dicen, acotando lo que puede. Entonces llega un momento de breve silencio, que no dura más que dos segundos. Todos respiran, y el amigo del que se va al fin dice “Bueno, me aburrí, me voy”, y el que se va se cuelga para escaparse: “Yo también, chau”, y el salame de turno se queda ahí, papando moscas, con la puteada en la punta de la lengua, viendo como los dos que se van, se van.

¿Y qué pasa?

Y entonces viene la bronca. Porque a nadie le gusta quedarse en ridículo. A nadie le gusta poder llegar a creer que esa escena alguien más la vio. Antes de la bronca está el estudio de los alrededores; el dejado examina palmo a palmo con la mirada el lugar donde quedó de garpe, tratando de no toparse  con la mirada burlona de una chica de secundario básico,  o hasta el desatento escrutinio de un preceptor que ya lo vio todo y nada lo sorprende (salvo las lesbianas, eso si que los escandaliza). El que acompañaba al que primero se iba no quiere estar ahí, no. Quiere estar golpeando al que se fue, y también estar surtiéndole un buen par de palos al que lo siguió. Pero sabe que está dentro de un colegio. La única salida es la puteada. La concha de sus madres, Hijos de puta, forros, putos, vayánse a las puta que los parió y cosas así. Pero el que se quedó solo se calla la boca, todavía sigue perseguido por la posible presencia de los demás, que encima tienen oídos, y aunque se esté en recreo, creeme que se escucha, una puteada con sentimiento en medio de un lugar donde el sonido ambiente son gritos, pasos apurados y la reiteración casi interminable de la palabra “boludo”, se escucha. La intención la amplifica, la vuelve clara, la deja al alcance de cualquiera.


El que fue dejado de lado termina yéndose, también. ¿Qué más va a hacer ahí? No quiere seguir compitiéndole a los bustos de los próceres, no quiere ser un poste,  una estatua, el monumento del abandonado por ser un embole de persona. Termina yéndose, pero en sentido contrario al que se fueron los otros. Si los otros subieron las escaleras para ir a las aulas de arriba, el dejado se va para las puertas y sigue por los pasillos de las aulas de abajo hasta llegar y meterse en la suya, o para doblar y seguir dando vueltas como un estúpido trompo de colores y lucecitas en medio del patio.


Si se mete en el aula piensa, si sale al patio, también. El abandonado no tiene escapatoria a sí mismo, y jamás la tendrá. A menos que aprenda de sus errores, va a seguir siendo un pobre diablo guiado por instrucciones, porque, fíjese si no, que todo el tiempo lo único que hace es moverse de acuerdo a lo que le dicen, hasta cuando quiere putear se reprime por el hecho de que eso no debe hacerse.


¿En qué quedamos, campeón?

¿Dónde está tu opinión, abandonado? ¿O vos sos lorito y repetís lo que conviene? ¿Hablás, vos? ¿Decís lo que pensás? ¿Pensás? ¿En qué? No sabés, y ves a tanta otra gente a la que se les escapan las ideas de la boca. A las que se les escapan las seguridades de la boca…


¿Sos un perrito amable y boludón que se mueve según los gritos? ¿Qué sos? ¿A dónde vas? ¿Por qué querés salir, si estás a medio hornear? ¿Ves a los que están ya por irse y querés ser como ellos? Afuera puede que no sea mejor. Afuera puede que cambies. Sólo afuera, pero de mientras, a soportar el calor. A aguantárselo. A recapitular, zapato. A no volver a eso,  y que los que quieran irse que se vayan sin que te afecte. Quienes quieran callarse que se callen, aunque la mayor cuota de silencio siempre la hayas dado vos. Y acá estaría bueno que la memoria tuviera grabada a fuego una frase total que liquide la idea. Pero no es así. Todo sigue a medio hornear.

Aviso

Puede que esté llegando tarde, o que esté diciendo una estupidez. De igual manera, no creo perder nada al escribir sobre esto. Teniendo en cuenta las avalanchas de información que hay, puede que esto pase desapercibido, más todavía en un blog que en una publicación de facebook, que es en realidad donde esto tiene que estar, yéndose cada vez más debajo de tus ojos. Aparte, para decir estupideces no es necesaria una licencia, y, en cuanto así sea, creo que voy a estar lo bastante entrenado como para conseguirla en tres patadas y un silbido.

Digo que puede que esté llegando tarde por cómo avanzan las cosas por acá, por cómo se sobreponen una sobre otras, por cómo todo va quedando atrás, semana tras semana, hora tras hora.. En contraste con azules y blancos, en tu pantalla, sólo se ven cosas de ahora, bocadillos del momento, acciones que se realizan, o que se realizaron hace muy poco. Día a día se actualiza esa fuente de momentos de un ahora que pierden fuerza en lo que es sentimientos, que sólo es un agolpamiento de información. Y si hay sentimientos, ya tanto no lo son, forman parte de la información y se van arrasados en la avalancha de lo nuevo, que lo cubre. Gracias a eso tengo bien en claro lo que va a pasar con esta nota. Lo más seguro es que yo también me olvide, y en un par de días ande como si nada leyendo qué estás escuchando, qué estás viendo, qué estás haciendo o qué fuiste a hacer, viendo fotos de lo que viste, oyendo canciones que escuchaste, o mirando fotos de adonde fuiste o dónde estabas.

 Trato a veces de que eso me sirva de algo. Es complicado digerir todo de golpe para buscarle una utilidad. Hay gente que lo digiere, sí, y esa gente se mueve, y encuentra a aquel donde dijo que iba a estar haciendo lo que dijo que iba a estar haciendo, y el fin es ese, encontrarlo para después poner en facebook que lo encontró y qué tan bien lo pasó, o lo está pasando, si es que al alcance tiene un celular ( y en la mayoría de los casos es obvio que sí). Un resultado de mi digestión de datos (sí, aunque parezcan idioteces, son datos al fin y a cabo) es la duda de saber si existe o no, en este preciso instante, una banda que se encargue de hacer canciones solamente para que todos los usuarios de facebook que acostumbran hacerlo, pongas las letras de las mismas al pie de sus fotos, en la aclaración. Sí, se me hace un buen negocio. Habría que fijarse bien qué frases son las más comunes, recopilarlas, estudiarlas, y tratar de sacar de ahí algo bueno. Lo más seguro es que termine saliendo un híbrido ilegible entre el inglés y el castellano, que mezcle canciones de diferentes artistas de todas partes del mundo. Va a ser un monstruo con gusto a todos los sentimientos existentes. En un solo verso vas a entender que la vida es un instante, que la rebeldía está en la edad, que el tiempo es relativo, que nadie quiere que le digan lo que no quiere que le digan, que el cielo con estrellas es más triste cuando no está a tu lado, que Racing es un sentimiento, que el cuervo tiene aguante, y que por un ole ole ole, ole ole ole ola, tal se la come y tal se la da. Vas a saber que hay días con gusto amargo, que hay momentos que no se pueden olvidar, que hay un blues amargo tan dulce como tal o cual cosa,  que hay veces que se cae por obra del destino, que el infierno, que las drogas, que vivir así no hace bien, pero que vos el bien no lo buscás, aunque te quieras así, tan frágil, tan fuerte, tan rebelde, tan sumisa a sus encantos, tan que todo te da vueltas y vueltas, should and stay o should and go, o Like the moon we borrow our light, I am nothing but a shadow in the night. But if you'll let me, I will catch fire... So let your glory and mercy shine., y cosas así.

El ritmo sería un disparate. Los músicos se volverían locos. Pero por suerte existen las computadoras con sus procesadores, sus ordenamientos aleatorios, y sus sonidos digitales que tan lejos no se encuentran, en este momento, del verdadero sonido de una guitarra. Claro que este producto será repudiado por los amantes de la música, claro que este producto es una porquería, claro, claro, claro. Pero hay que tenerle fe. Hay que ser ciegos, hay que ser idiotas. Hay que dejarse llevar, para ver quién más cae y también es llevado. Hay que soltar a la abominación, correr o ser devorado, o ver cómo es que pasa haciendo ruido mientras que para la gente es invisible, dócil, y hasta amable. Habrá que ver después cómo el monstruo se deprime, cae, se pudre, y es comido por los perros. Habrá que fijarse, otra no queda.


Sabiendo que esto queda sepultado, me retiro tranquilo. Ojalá algún día vuelva a leerlo y no me sienta equivocado.

domingo, 13 de octubre de 2013

Restricción de crédito

Restricción de crédito


   La otra noche, yendo por la calle Corrientes, al pasar frente a un café, oigo que uno de los tantos vagos estacionados en la puerta, le decía a otro:

   En estos últimos tiempos me han restringido el crédito.

   Como la voz que pronunciaba estas palabras era aguardentosa, no pude menos de volver la cabeza y casi largo la carcajada, al comprobar que el tío que había manifestado tal dificultad financiera, era uno de esos sujetos a quines uno se acerca, pero no antes de haber tomado la precaución de abrocharse el saco y ponerse las manos en los bolsillos.

El que lo escuchaba debía ser un furbo de la misma categoría que el otro.


Caminado

   Y seguí caminando, al tiempo que pensaba:
     ¡Cuándo habrás tenido vos crédito en tu vida! Si vasta verte la cara para comprender que estás comprendido en la escala zoológica de los patos funestosos, de los orres que se hospedan a 0.80 la catrera; si pertenecés, sin grupo, a esa legión de turros fatídicos que brujulean un mediodía para saber dónde no podrán comer a la noche; si perteneces al gremio de los desamparados que le dan categoría de almuerzo a un capuchino rante y grado de orgía a un chocolate modiolunero, y todo de bacanal al guisado trasnochado que por 0.20 despachan en el Puchero Misterioso. ¡cuándo habrás tenido crédito, vos, que todo lo arreglás de ojito; que desde las seis de la tarde a las doce de la noche levantás la guardia en el pórtico del café, esperando que caiga cualquier lonyi para pagarte el vermouth, y hacés de tu nariz garguero en la parada? ¿Cuándo te habrán restringido el crédito? ¡Si sos iluso! De verdad que tenés fantasía, y de las que nostros, los emborrona cuartillas, llamamos delirantes. ¿Crédito,v os? Pero ¿cuándo?, ¿en dónde? Si en cuanto un comerciante te vea la jeta, debe cerrar presuroso el cassun, temeroso de que te alcés con el burro. ¡Si sos iluso! ¿En dónde has tenido crédito? Si verte es sentir de inmediato la ineludible necesidad de rajar; si el mirarte lo transporta a uno aal imperio de los calcetines rotos, que en cuanto caen al suelo abren un buraco en el pinotea; si contemplarte de cerca es un placer tan sólo concedido a los dioses, porque sólo los dioses pueden acercarse impunemente a un turro de tu magnitud. Hombre mortal que timoratamente se avecine a tu ladronísima figura perderá para siempre el dinero, la confianza y la tranquilidad.



No, viejo

    No, viejo; vos estás confundido o mal de la cabeza. No te han restringido el crédito; lo que vos querrás decir es que te han restringido la libertad de poder andar por la calle. ¿No será eso? Porque, ¡mirá que hablar vos del crédito! Pero, ¿qué te pensás? ¿Qué estamos en la Rodesia o en la Costa Azul? No, estamos aquí, en Buenos Aries, dodne el que no corre anda en submarino. Mirá vos, ¡como para hacernos pasar la novela de tu crédito! Si el gil más recalcitrante, en cuanto te oye el sonido del garguero, raja temeroso de tus estafas.

   Juro por todos los dioses del Olimpo (no es ningún cabaret) que en las diez y ocho mil hectáreas cuadradas que tiene esta más grande capital, no encontrarás ni grébano ni checoslovaco, ni griego ni latino, ni ruto ni bosniano, ni finlandés ni noruego, que te fíe una estampilla al contemplar de cerca tu jeta  perrera, taladrada por los forúnculos, enlividecida por la ragú, retorcida por el insomnio escolacero en la que, como en todas partes (no podías fallar ni en la timba), levantaste la guardia tras de los que se jugaban el alquiler de las tres por tres, o el mensual oficinesco.

    Pero, ¿de que rincón de tu fantasía sacaste esa novedad que pregonas? ¡Me han restringido el crédito! ¿O es que te ha dado por hacerte el humorista? Pero tu humorismo asusta. En cambio, si estás en trágico, hacés reír. Con esa frase quisiste hacer un vodevil. Es demasiado serio. ¿O es que engañabas a un prójimo? Pero es que el prójimo tenía una facha malandrina que no le iba a la zaga a la tuya. ¿O es que era algún prestamista= Pero, ¿qué= Los prestamistas, en cuanto en las puertas de sus casas un sujeto de tu talla, aprontan la ametralladora y solicitan refuerzo al Departamento. Mirá, ¡cómo para entrar vos a caverna de uno de esos legalísimos asaltantes!


Por donde se mire

Yo no sé, pero por donde examino tu frase, no le encuentro atadero. ¡ te habrá trastornado el hambre las facultades mentales? ¿O es que la miseria, con sus vapores, ha introducido el delirio en tu cráneo? ¿O es que sufrís los efectos de una parálisis progresiva que como todas las parálisis progresivas (¡mirá qué progreso!) te convertirá en huésped permanente del Vieytes? ¡Qué sé yo, viejo! Lo único que puedo decir es que la frase macabra que largas en el pórtico de ese café donde se congregan sinvergüenzas, cómicos malos y buenos, pesquisas, autores geniales para la familia y la novia, apuntadores, partiquinos, amigos de autores, etc., lo único que sé es que esa frase que lanzaste en medio del tumulto de la calle más linda y atorranta de Buenos Aires, hace un me que la llevo bailando en los sesos, y es inútil que quiera olvidarme de ella.Anoche, y en cuanto paso por ese café, me acuerdo de tu vozarrón de laringítico en cierne, exclamando roncamente:

En estos últimos tiempos me han restringido el crédito.

¡Cuidado, viejo! O creo que los que tevan a restingir es la libertad de andar buscando giles a quienes engatusar con esa novela. Poné la barba en remojo y dejate de macanas , que hoy, en este país, el que no vuela anda en submarino, y ya te digo nuevamente: esa historia no te la va a creer en las 05.000 hectáreas cuadradas que tiene esta ciudad,ni el más ingenuo habitante de Bosnia.


                                                            Roberto Arlt    (El Mundo, 24 de diciembre de 1929)

El ciego se enamoró del hombre que usaba perfume de mujer

El ciego se enamoró del hombre que usaba perfume de mujer Le dijo piropos, le pidió el celular,
le dijo que en Facebook la iba a buscar Pero el ciego pelotudo parecía ser, al no darse cuenta por no poder ver
Le tocó el culo y lo notó un poco tenso No notó la diferencia, y siguió metiendo mano El pobre hombre se enteró cuántos dedos le entraban en el ano Fue entonces que el ciego le dijo que pelara las tetas para no dejar el trámite en suspenso

El perfumado por una semana tuvo en el culo catarroTodo fue obra del ciego, que tenía las uñas largasNo le pidió disculpas al terminar de excavar, tan sólo le hizo chas chas en las nalgasEs por eso que el hombre perfumado

Cachorra, si te tuviera cerca, las cosas que te haría comentó el hombre ciego con miedo a la policía el hombre parado a su lado no entendió que a él se refería Y es por eso que no pudo salvarse de la que se le venía
Cachorra, el mismo lindo olor debés tener en tus bragas le dijo el ciego al hombre, mientras su mano avanzaba presurosa y temblando hacia su entrepiernaMientras le susurraba que era una pendeja tierna
Baba como chorros de soda, perro lazarillo en celoEl ciego se abalanzó sobre aquel hombreCreyendo que era una colegiala,
Diciéndole que podía ser su abuelo
Pero sálgase de encima, viejo de mierda, pajeroGritó el hombre aturdido al ciegoSáqueme la pija de la gambaY fueron trompadas las acompañantes de esas palabras
El ciego no guardó el pito a la primera advertenciaSiguió rozando presuroso el jean de su presaNo me hago drama por tu pedazito de carne, jovenDijo el ciego al hombre, contándole que con travas tenía experiencia
Baba como chorros de soda, perro lazarillo en celoY la pija dura del abuelo ciegoRozando fuerte en el muslo del hombrePenetrando duro donde no hay agujeros
Un flaco que pasaba no quiso ayudar,El perro lazarillo se empezó a coparEl flaco entonces sacó el celularY grabó por quince minutos cómo el perro al ciego se la empezaba a dar
Qué despelote en las calles de Burzaco,
Qué linda imagen para el BarrioQué escena tan literal, de ese slogan famosoDe te la pongo y te la saco

Una vez terminada su labor, el ciego dijo que empezó a sentir amor al hombre le pidió el celular y el nombre, porque en Facebook lo iba a buscarDespués se acordó de que ciego eraY sólo atinó a cagarse risa en la vereda
Baba como chorros de soda, y un perro lazarillo que a su dueño se empomaMucho Friki Friki en Zona Sur, en esa ciudad de penes de goma
Donde si no la ponés, de seguro te la dan

Picnic en el Cuarto C

Cadornas lubricadas con la foto de Perón
Se asomaban al balcón de la casa sonrosada
Mientras nubes asfixiadas de pendejas chupa rock
Con  un whisky paga Dios, simplemente simulaban
Los tangos mercenarios chapuceados con rencor
Seducían al King Kong que doblaba travesaños
Encerrados en un baño y con la fiesta alrededor
Está bien un alfajor, pero es mersa lengüetearlo

Solo, solo, solo, tengo, tengo en la cabeza
Un kamikaze drogado que repite una canción de Calamaro
Mientras miro y me sonríe una muñeca bonita
Que se queda quietita como puto prestado
Puede ser una columna, puede ser una puerta,
Puede ser alguna culpa disfrazada de oferta
Porque estoy solo, solo, solo  en medio de esta fiesta
Y hecho mierda

Los dientes del poeta, hijos fruto del poder
Habla siempre de coger, pero aguanta la bragueta
Picadita de los chinos, caneloneadas de faso
Gana más con el fracaso un candidato sin padrinos
Mascotas traicioneras con la garra envenenada
Nunca bajan la mirada cuando el mundo está en cualquiera
Mientras no abran la gatera los boletos son triunfales
Pesan más los celulares cuando cargan con la espera

Solo, solo, solo, tengo, tengo en la cabeza
Un kamikaze drogado que repite una canción de Calamaro
Mientras miro y me sonríe una muñeca bonita
Que se queda quietita como puto prestado
Puede ser una columna, puede ser una puerta, puede ser
Alguna culpa disfrazada de oferta
Porque estoy solo, solo, solo en medio de esta fiesta
Y hecho mierda

Encontrame por contraste, entre vérsales, mi negrita
Y que levanten una ermita donde me desbarrancaste
Ya sabés, si me quisiste con los diarios de mañana

Que soñar no cuesta nada, lo difícil es dormirse

viernes, 11 de octubre de 2013

Relato de Javier

Ella tenía mucho color, y estaba de espaldas a mí, sentada en el asiento de adelante, con el codo apoyado en el marco de la ventana, junto a su pelo de un rubio pálido escondido en parte por un  gorro naranja, fosforescente.  Contrastaba con los bancos grises, los pestillos metálicos de la ventada con esos vidrios opacos por la mugre, que apenas dejaban ver paredes de ladrillos mohosos, durmientes y rieles, con todas sus piedras azules cubiertas de basura y húmedas por tanta garúa. El libro que yo leía estaba cerrado en mi mano, me distraje al verle la espalda, y la posición de reposo de su brazo en el marco de la ventaba me daba la idea de que estaba pensando, además de padecer el frío. También parecía estar adormeciéndose con el movimiento del vagón en el que viajábamos, que era el primero y el más propicio para la muerte en estos tiempos de choques de formaciones con otras formaciones, personas o andenes.

Le miraba el pelo enrulado en los extremos, pensando que por poco no pude sentarme a su lado. Sus dedos estaban sosteniéndole la frente, tiesos. Todo en ella, pasando ya por Adrogué, estaba inmóvil, como petrificado. Sólo la vi moverse en la parte truculenta del trayecto, entre Burzaco y Longchamps,  recorrido que consta de unos sacudones memorables, al igual de varias muertes de las que yo fui testigo.

Su campera negra nada tenía que ver con sus pantalones sacados de una feria americana, algo hippies. Podía ver por debajo de los asientos varios colores, violeta, bordó, amarillo, que le daban vida a dibujos raros, que parecían gotas rellenas de todas esas cosas que componen a una célula. Dibujos que se apretaban en sus piernas torneadas, sin duda se trataba de una suerte de calza de seda.  Detenido en ese detalle, y en el del pelo, creía que la mujer que estaba delante de mí y que tanto me distraía de “Los Lanzallamas”, no debía pasar los veinte años, tener una cara dulce con una nariz alargaba, bien ubicada, ojos castaños, cejas pequeñas y labios sin maquillar, que lucirían un notable color rojo de carne apasionada. Esperaba llegar a Glew, a la última estación del viaje para poder verla frente, de pasada.

Cuando el tren frenó en el andén número dos, ella se paró y salió. La seguí, guardando el libro en mi mochila. La gente que quería subir al tren me distanció un poco de ella, sumándose a esta situación su apresurado paso, que iba torciendo hacia la derecha. Cuando llegamos a la parte techada del andén, vi que con sus pasos iba directo hacia la puerta del baño. No llegó a entrar. Se inclinó hacia delante, apoyó su mano derecha sobre el marco de la puerta del baño,  y de su boca (que debía estar pintada de un rojo carne apasionada) salió un manantial de vómitos. Las tandas de comida no digerida del todo salían a chorros, como si fuese una manguera de bomberos algo trabada, que tiraba puchero rancio en lugar de agua. Pasé a metros de ella, caminando rápido, sintiendo en mis encías el brote de la baba que me lubricaba la lengua para que también vomitara. Pensé que se enchastraría su interesante calza de seda, y que lo verde de su regurgitación contrastaría de manera espectacular con las vías de gris acero y el suelo del andén de apagado cemento.


 La pasé de largo, no volteé para verla. Alguien más la ayudaría. Bajando por las escaleras del hall de recepción de la estación de Glew trataba de pensar en otra cosa, oyendo cómo los encargados de atender la verdulería que ahí estaba gritaban que la naranja estaba dos pe, que aprovechara, también, para llevar manzana a cinco pe, y tomate a ocho pe.

jueves, 10 de octubre de 2013

"Tenemos el agrado de presentarles al ídolo de multitudes, al padre de los zombies, al Messi del más allá, al coiffeur de los pelados, a la pija de las pelis porno, al más piola barrilete del cosmos, al nadie más que el capo inigualable de VICTOR, el esqueleto con ACTITUD  que un día se metió en un piringundín medio turbio, donde sorteaban minas como en una rifa, y cayeron los ratis y metieron en cana a todos los que estaban en el cheboli porque resulta que ahí la trata de mujeres era jodida, y tenían menores y extranjeras ilegales haciendo petes y justo lo cacharon en pleno trabajo, y lo llevaron preso por corrupto, sí, porque el chabón trabajaba en el municipio, era padre de familia y jamás se pensó que fuera...."

Javier- Colocar





Javier no veía mucho, pero si escuchaba, y muy bien. A su lado, una mujer joven le contaba algo a otra mujer que podía ser su madre, ocultas las dos en la poca luz que se filtraba entre las hojas de los altos árboles de la vereda, con sus ramas gruesas y tambaleantes. Trataba de distraerse en otra cosa, como en calcular en cuánto tiempo volverían esas palomas que cagaban el techo de la parada del colectivo donde se encontraba ahora, haciendo la fila, que  contaminaban al aire del  lugar con un hedor inaguantable; pero no podía. Lo que la muchacha le decía a su madre era más interesante, y era algo así:

-         ¿Sabés quién me habló el otro día?
-         ¿Quién?
-         El Mati, el hijo de la Marisol, por el facebook. Agarró  y me dijo: “Hola”, y yo le puse “Hola”, y el me dijo “Cómo andás??”, y yo le dije “Bien, acá, aburrida”, y el me puso “Yo también, re aburrido… algo solo, necesito un poco de compañía”-En este punto de la charla hubo un silencio donde tuvo lugar un encuentro de miradas cómplices entre la mujer que hablaba, la que escuchaba y Javier. Luego la muchacha continúo:- Entonces le pongo “Qué mal”, y el me responde “Querés venir conmigo?” y yo le digo: “Cuántos años tenés?” y él me pone “Quince, vos?”. “Dieciocho” le pongo “ Sos muy chiquito para mí”, le digo “La edad no importa” me pone. “Tenés novio?” me dice “Estoy en eso” le digo. “Querés salir?”, me dice, y yo le pongo “No, gracias”, y el me pone “dale, no te ortivés” y una carita triste. Y le pongo otra carita y le pongo otra vez que no.
Después de decir esto, la cola ya había avanzado demasiado y Javier no se había movido de su lugar. Cuando se dio cuenta de que quedaba en evidencia, se adelantó a zancadas hacia el lugar que le correspondía, no sin antes recibir la mirada de “te descubrí, chusma” de parte de la mujer joven. Dejando de lado esto, la mujer prosiguió:

-         ¡Es un enanito de mierda!
-         No, ya pegó el estirón- contestó la mujer vieja.
-         En la foto de perfil se lo ve bien y es un enano así- con la mano derecha, la que no tenía la tarjeta SUBE, la acosada virtualmente indicó la estatura del supuesto enano.
-         Si, pero esa foto debe ser vieja, ahora es más alto.

Javier lamentó no haber podido escuchar más, pagó, y viajó sentado en el último asiento disponible.

El Camaleón Emocional

Me gustaría ayudar a los ciegos. También participaría con muchas ganas en un programa de tratamiento para daltónicos. La gente con problemas de vista me agrada, porque, de manera total o parcial, no me ven. Y esto es de hace mucho, eh, y ni siquiera es una cuestión humanitaria. Lo que digo es de hipócrita, pero tengo que defender mis intereses para mantener mi bienestar. Esto tiene una explicación, no es que sea un psicópata. Soy mucho más que eso.

 A los doce años pasó que la profesora se había olvidado que teníamos la evaluación para el cierre del trimestre. Todos mis compañeros se miraron entre sí con las cejas enarcadas y una sonrisa en la cara. No había que decir nada, y si preguntaban, había que mentir. Yo era nuevo en el curso, no había hablado con nadie, eso de ingresar a mitad de año fue un punto en contra. Sin embargo la profesora sabía sobre mi condición.

Mi ingreso al colegio fue un acontecimiento histórico. Todas las autoridades del colegio se habían reunido junto a mis padres semanas antes de que yo empezara las clases para conversar sobre mi problema, con la disertación académica siempre presente del Doctor Griera, y con todos los papeles de los estudios en un sobre de papel enorme. En la reunión quedaron en no dar a conocer mi peculiaridad entre los alumnos, ya que podría traer problemas, más a mi que a cualquier otra persona, ya que yo soy uno de los pocos fetos sobrevivientes a  la excentricidad de la ciencia, y al desquicio de sus padres.

  Así que la profesora me preguntó si ella se olvidaba de algo, con el círculo cromático con referencias en la mano. Mis compañeros se preocuparon, yo me sentí acorralado y la profesora sonrió con los labios apretados y el diablo bailándole candombe en los ojos. Respiré profundo, tratando de consolarme con el pensamiento de que la medicación “Anti-Pinocchio” tenía que funcionar de una vez por todas. Luego de suspirar, le dije que no. La sonrisa de la profesora se acentuó aún más, mientras revisaba el círculo cromático. Mis compañeros abrieron la boca hasta sacarse la quijada de lugar, lanzando varios gritos de asombro. Yo me puse todo bordó, y el diablo en el brillo de los ojos de la profesora bailaba polca, acompañándose con aplausos, sosteniendo el tridente en su cola semejante a un látigo incandescente.


  Yo ya estaba acostumbrado a esa reacción. Me impresionó que mis nuevos compañeros se recuperaran enseguida del espanto al caer en la cuenta de que iban a tener la evaluación.  En el recreo me reventaron a golpes. Tuvo que intervenir  un profesor para salvarme.

Como aparte de los moretones violetas, presentaba un color verde alga, el profesor no pudo aguantar la tentación y sacó un folleto con el círculo cromático con referencias del bolsillo, y después de enterarse de que estaba triste e indignado, trató de consolarme llevándome a la oficina de Dirección, prestándome juguetes olvidados y un mapa del zoológico de Temaikén obtenido en una excursión de mi curso a la cual yo no había ido. Después salió al pasillo. Oí cómo le comentaba a las señoritas de tercer grado lo útil que era el círculo cromático, y ellas le decían que sí, formidable,  que por el vidrio de la puerta se podía ver que estaba azul, y le preguntaban al profesor qué sentimiento significaba ese color. “Vergüenza”, les dijo. Echaron a reír, despacito, mientras yo me ponía más azul, como el fondo del mar.

  Al otro día mis papás ya estaban buscando otro colegio, el Doctor Griera me aumentaba la dosis de un antídoto temporal inútil, y yo padecía en mi cama el dolor producido por los golpes y empujones que hasta entonces nunca había ligado.

  Había empezado a cambiar de color a los seis años., el tiempo que se había estimado para que el tratamiento prenatal diera efecto. Era eso o morirme. Cuatro mil niños modificados genéticamente habían fallecido cerca de la fecha de mi sexto cumpleaños.

Arrestaron a mis padres cuando los resultados de los estudios que me habían hecho al nacer se dieron a conocer. Mis cromosomas eran diferentes en no sé qué unión. Escuché decir a unos doctores que vistos en la computadora parecían un arcoiris.

  Me adoptaron a los cuatro años. Mis nuevos padres ya sabían lo que iba a pasar, y lo aceptaban, creyendo estar preparados, tanto emocional como económicamente.

  A los quince años, en una fiesta donde la pasaba bastante bien calladito en la barra, me puse bordó cuando una chica me preguntó, en joda, si yo seguía haciéndome la paja. Contesté que no, confiando en el avance de los estudios y medicamentos del Doctor Griera, sin saber que el Fernet con Coca anulaba los efectos de la medicación. Cuando la vi alejarse, gritándole a todo el mundo para que se acercaran a verme, me di cuenta que del bolsillo trasero de su pantalón sobresalía una copia reducida del círculo cromático con las referencias. Me cubrí la cara con mi campera, salí a la calle y me llevé puesta una vieja cabina telefónica. Paré un taxi. Me subí manteniendo la campera en mi cara, y le di la dirección de casa. El taxista habrá visto mi mano por el retrovisor, y me dijo : “¡Ah, sos vos! ¿Verde de qué es ahora? ¿De Vergüenza o de remordimiento?”. Mi peor enemigo se había esparcido por toda la ciudad, y era actualizado acorde a cada modificación de mis medicamentos, y se vendía como pan caliente. A mi casa llegaban cartas de agradecimiento de las imprentas, siempre con algún billetito o una boludez de regalo. Mi madre adoptiva se había hecho una colección de touppers gracias a eso, y mi padre fumaba habanos de todos lo sabores, que siempre eran de primera marca.


  Estudio en casa. Soy autodidacta. Me paso el día leyendo libros que pido prestados en la biblioteca, y salgo a caminar cuando es de noche. No le tengo miedo a la inseguridad, con las nuevas pastillas del Doctor Griera me pongo verde cuando quiero, los ladrones todavía no se avivaron del círculo cromático con las referencias. El otro día uno pensó que me transformaría como Hulk, mientras me ponía en ese color, fruncía el ceño y daba gritos. Por suerte tan sólo tenía un cuchillo. Me interesa la sociología, ya tengo harto a mi padre con peticiones de libros de Weber y Durkheim. Leo de todo, menos la poesía. Sigo odiando a los pitufos, como siempre. Los Simpsons tampoco me agradan. El único que se salva es Hulk. Ahora se acerca mi cumpleaños, y en alguno de los tres deseos voy a pedir que a todo el mundo que se burló de mi le salga un enorme grano hemorroidal en el culo y que también se le llene de sífilis la lengua, haber si de una vez por todas me dejan en paz. Con el paso del tiempo me fui volviendo conocido, y también asilando. Los otros bebés manipulados genéticamente que lograron sobrevivir poseen mutaciones más útiles, y ahí están ahora, combatiendo al crimen, saliendo en realities de televisión y haciéndose pedazos entre ellos en el enfrentamiento de sus egos y roles. Si así están ahora, espero que aprendan para más adelante, y a que a ninguno se le ocurra hacer la revolución mutante, porque todos ellos unidos en común acuerdo
pueden hacer papilla a los que no fueron manipulados antes de nacer. Ellos no están acostumbrados a que se le caguen de risa en la cara, como a mí, que en la puerta de mi casa las personas de mi barrio, y otras que vienen muy de lejos, hacen pintadas donde me dicen Arco Iris Random, Súper Paletita y Tonitos Aleatorios. Una vez encontré una carta de una mujer que me llamaba Camaleón Emocional. Yo le respondí, ya que ella decía entender mi martirio. La relación epistolar, que habrá durado dos meses, salió publicada en un diario amarillista que se fue para arriba en ventas. En la tele hay humoristas que en base a esas cartas me imitan, y hacen reír a mi vecino, que grita como un condenado cuando tiene un ataque de risa.

  Camaleón emocional… Ese es el único apodo que me gusta.


Solo

Cierto día Cadomomo no quiso ir al colegio. Se justificó diciendo que tenía fatiga, que estaba harto, y que no quería dañar el desempeño escolar bastante bien encaminado de su compañero de banco, que no era otro más que Pernambuco. Éste hizo caso omiso a la decisión de su amigo, echándole un vaso de agua fría en la cara. Pasó que Pernambuco se olvidó de que el chiste estaba en vaciar el contenido del vaso, no en revolear el recipiente directo a la cara de Cardo. De igual manera, Cardomomo no reaccionó, solo dejó florecer el moretón en su rostro. Pernambuco ,de un tirón, destapó a su amigo, revoleando las frazadas a un costado. Tampoco sirvió de mucho, Cardomomo siguió torrando, fiel a sus sueños y ambiciones. Pernambuco se dio por vencido, y fue al colegio sin su compañía de siempre. Se sintió sólo las cuatro horas. En los recreos no supo qué hacer, y ante la gran cantidad de compañeros no encontró tema de conversación que se extendiera más allá de tres segundos. Al salir de nuevo a la calle, en el comienzo del viaje de vuelta, se perdió: No dobló en las esquinas que tenía que doblar, no respetó semáforos, y no saludó a la panadera luego de comprarle un cuarto de flautitas para el almuerzo. En él crecía la esperanza de volver a disfrutar de las dotes culinarias que poseía su amigo Cardo. El mismo era capaz de revolucionar una vida mediante sus canelones de acelga y sus salchipapas fritas. También utilizaba muy bien el arroz y conocía ingredientes que confundían y deleitaban el paladar de Pernambuco. Cardomomo seguía durmiendo.

Perna cocinó unas milanesas que estaban en la heladera: dos para él y dos para Cardo, si es que se levantaba. A la tarde resolvió unas actividades de geografía, y después se echó a dormir una siesta. Cuando despertó, Cardomomo merendaba té con sánguche de milanesa, con mayonesa y queso. Le agradeció a Cardo la amabilidad de dejarle dos milangas, aprovechando para preguntarle qué tal el colegio, qué había pasado. El otro contestó:

-         ¡No sabés la que te perdiste! Tremendo papelón hubo en la clase de historia, boludo. Estaba hablando con Nay y Marcos sobre lo que me pasó en el tren (después te cuento), y de repente Marcos pone cara de sorprendido, y yo que estaba de espaldas al pizarrón me doy cuenta de que le pasó algo a la pesada de la profesora. Me doy vuelta y ahí estaba, convulsionando… Cuestión que se pusieron todos como con el culo y el corazón en ambas manos, y Nay salió disparada a Preceptoria para buscar ayuda. Mar que andaba por ahí, y que también sufre convulsiones, fue y la contuvo a  la profe. Después llegó el director y se la llevó a rastras, porque la gorda de historia pesa un huevo, yo quise ayudarlo pero me dijo que no, que me distraiga en otra cosa, que vaya a pedir los sánguches del desayuno, que qué se yo. Voy a buscar los sánguches y me encuentro con dos enfermeros y un doctor llevando a toda velocidad una camilla que hacía mucho ruido por el pasillo. Después, cuando estoy volviendo con la caja llena de sánguches de salame, me cruzo con la Profe acostada en la camilla, ya se la llevaban. La vi, estaba despierta, entonces agarro y le digo que tenga suerte. La gorda me agradece y dice que me acerque. Me acerco y ahí nomás me manotea un sánguche, boludo,  y me dice: “Para el camino, pibe.” Se los comenté a los chicos pero no me creyeron nada. No sobró ningún sánguche, Cardo, ni uno.
-         Mirá vos- respondió Cardo, sentadito en la mesa, para después darle un sorbo lento a la taza, porque el té estaba quema tripa pela lengua
-         Tuviste que haber estado…- Dijo Pernambuco.

Entonces Cardo dejó el té en la mesa,  corrió la silla y se paró. Apoyó las manos en el respaldo de la silla, miró fijo a Pernambuco, y moviendo de acá para allá sus cejas coloradas y sus labios secos y violetas, dijo:

-         Eso si que no, Pernambuco… eso si que no. Si yo iba, no sobraba el sánguche, ¿Entendés? Si yo iba, hacía la tarea y la de Historia no se descomponía por una de sus crisis de “No-me-están-dando-bola-estos-pendejos-maleducados”. Ese sánguche de salame que se llevó, era el mío. Quizá lo coma y se muera. Y si se muere, es porque yo falté.¿Entendés, Perna?
-         Sí- dijo Perna, dándose cuenta de lo poco que servía la mentira, y empezando a recapitular la verdad para decírsela Cardomomo, que con su fidelidad al efecto mariposa pudo haberse ido bien a la mierda.



Vista gorda

Diez del diez del trece 

Habría que ponerle un límite al cielo para que se dejara de joder con esos colores de los atardeceres. También sería necesario que todas las parejas felices llevaran consigo un par de biombos, para montarlss alrededor de ellos cuando se besan, se abrazan o se miran. Todos los pica boletos de todas las líneas de ferrocarriles deberían ir armados para amenazar a quienes quieran pasar sin pagar. Cualquiera que tire una papelito a la calle, al no haber sido educado por sus padres como corresponde, debería recibir el castigo inmediato de una patada eléctrica en los genitales, como sustitución de los soplamocos maternales que se deben dar cuando un niño arroja la envoltura de su alfajor en la vía pública. Deberían romperle los dedos de los pies a los que traban el cierre de la puerta del tren en hora pico, para que suba más gente que en el vagón no entra. A quienes mendigan debería liquidarlos con un rayo pulverizador inventado por un científico loco, capaz de desintegrar ciudades enteras. Todos los que se quejen, pasarían a degüello por mandato popular. El morbo gobernaría las calles, y día a día se mataría a un menor en la plaza más grande del municipio, se violarían a mujeres prudentes en las paradas del colectivo, y se dinamitarían aquellas instituciones sanitarias o de primeros auxilios, para que los sobrevivientes no tengan más remedio que agonizar. Quienes tengan dinero, estarán en todo su derecho de irse al exterior, no sin antes ser parte de un combate cuerpo a cuerpo con un malón de malandrines dispuestos a dejarle seca la billetera, a fuerza de torturas, balazos, puntapiés en las costillas y desnucamientos brutales.

 Después quedarían tan solo dos personas, o unas cincuenta. Si quedan dos, ambas desaparecen. Si quedan cincuenta, también se hacen humo, pero de una manera espectacular y cinematográfica: Volando por los aires gracias a el último atentado anti-humano en esta ciudad tan poblada. Las provincias próximas querrán estar más lejos, los países vecinos usurparán más el territorio, y todo, pero todo el avance que se consiguió hasta ahora, sería empleado como papel higiénico en el culo más grande y sucio de los impulsos básicos del hombre.


Y ojo, eh, que esto es sólo hacer la vista gorda.