martes, 15 de octubre de 2013

Los que se van

Requisitos básicos

Cosas así pasan adentro del colegio. Afuera no hay personas que den con el papel. Las que están adentro de la secundaria lo dan porque en esta instancia estamos todos a medio hornear, viendo para qué lado tiramos o somos tirados, por esa cosa maravillosa que es la vagancia en conjunto.

Esta cosa de ver para dónde vamos y cómo es que vamos, hace que intentemos todo el tiempo dejar en claro algo de lo que apenas tenemos una pizca de seguridad. Destacados son los conjuntos con una misma incertidumbre que se valen de una mentira colectiva para hacer desmadres en el ánimo de  los que creen que no los entienden. Notables esos que tratan de cultivar una personalidad que rompa con todos los parámetros de la conducta ya constituida, aunque sea de manera ridícula, simpática o detestable.

Los que se van son una mezcla de éstas tres formas de trato. La interpretación cambia dependiendo la educación que haya tenido uno en casa y la predisposición a la idiotez y al respeto que se haya generado en el sendero de sustos y descubrimientos que fue la primaria.

Los que se van son seres guiados por su interés, por su impulso,  que se muestran pacientes a primera instancia, y que después se fastidian si no se cumplen de manera pronta sus indicaciones, o si no se satisfacen en un tiempo breve sus deseos, los cuales pregonan en voz alta.


Los que se van siempre te van a pedir un favor. Que los acompañes al buffet, o a dar una vuelta en el patio, o que le digas a aquel que quiere que le preste los auriculares.

Los que se van se agarran de los idiotas acatadores que pretenden ser amables, los boludos que cursan estudios en el área de la buenudez para ver cuándo carajo obtienen su diploma, que regularmente son sus compañeros de banco.

Los que se van son amigos de otros que también se van. Pasa seguido que el boludo de turno que hace de compañero de banco y le pasa las respuestas de las actividades de economía, política o biología. Al oír el timbre, le dice que sí al compañero de banco que se va para ir a caminar por el patio, a mover un poco las piernas. Es entonces cuando el que se va se encuentra con su amigo de siempre y se ponen  a hablar de algo que el boludo no entiende, no conoce, o no le interesa. Sin embargo el boludo va a quedarse ahí, (cual mastín guardián en la puerta de la hermosa y virgen hija del Conde dentro de un castillo rodeado de orcos onanistas cuyo gran sueño es empomársela a la condecita,) escuchando lo que dicen, acotando lo que puede. Entonces llega un momento de breve silencio, que no dura más que dos segundos. Todos respiran, y el amigo del que se va al fin dice “Bueno, me aburrí, me voy”, y el que se va se cuelga para escaparse: “Yo también, chau”, y el salame de turno se queda ahí, papando moscas, con la puteada en la punta de la lengua, viendo como los dos que se van, se van.

¿Y qué pasa?

Y entonces viene la bronca. Porque a nadie le gusta quedarse en ridículo. A nadie le gusta poder llegar a creer que esa escena alguien más la vio. Antes de la bronca está el estudio de los alrededores; el dejado examina palmo a palmo con la mirada el lugar donde quedó de garpe, tratando de no toparse  con la mirada burlona de una chica de secundario básico,  o hasta el desatento escrutinio de un preceptor que ya lo vio todo y nada lo sorprende (salvo las lesbianas, eso si que los escandaliza). El que acompañaba al que primero se iba no quiere estar ahí, no. Quiere estar golpeando al que se fue, y también estar surtiéndole un buen par de palos al que lo siguió. Pero sabe que está dentro de un colegio. La única salida es la puteada. La concha de sus madres, Hijos de puta, forros, putos, vayánse a las puta que los parió y cosas así. Pero el que se quedó solo se calla la boca, todavía sigue perseguido por la posible presencia de los demás, que encima tienen oídos, y aunque se esté en recreo, creeme que se escucha, una puteada con sentimiento en medio de un lugar donde el sonido ambiente son gritos, pasos apurados y la reiteración casi interminable de la palabra “boludo”, se escucha. La intención la amplifica, la vuelve clara, la deja al alcance de cualquiera.


El que fue dejado de lado termina yéndose, también. ¿Qué más va a hacer ahí? No quiere seguir compitiéndole a los bustos de los próceres, no quiere ser un poste,  una estatua, el monumento del abandonado por ser un embole de persona. Termina yéndose, pero en sentido contrario al que se fueron los otros. Si los otros subieron las escaleras para ir a las aulas de arriba, el dejado se va para las puertas y sigue por los pasillos de las aulas de abajo hasta llegar y meterse en la suya, o para doblar y seguir dando vueltas como un estúpido trompo de colores y lucecitas en medio del patio.


Si se mete en el aula piensa, si sale al patio, también. El abandonado no tiene escapatoria a sí mismo, y jamás la tendrá. A menos que aprenda de sus errores, va a seguir siendo un pobre diablo guiado por instrucciones, porque, fíjese si no, que todo el tiempo lo único que hace es moverse de acuerdo a lo que le dicen, hasta cuando quiere putear se reprime por el hecho de que eso no debe hacerse.


¿En qué quedamos, campeón?

¿Dónde está tu opinión, abandonado? ¿O vos sos lorito y repetís lo que conviene? ¿Hablás, vos? ¿Decís lo que pensás? ¿Pensás? ¿En qué? No sabés, y ves a tanta otra gente a la que se les escapan las ideas de la boca. A las que se les escapan las seguridades de la boca…


¿Sos un perrito amable y boludón que se mueve según los gritos? ¿Qué sos? ¿A dónde vas? ¿Por qué querés salir, si estás a medio hornear? ¿Ves a los que están ya por irse y querés ser como ellos? Afuera puede que no sea mejor. Afuera puede que cambies. Sólo afuera, pero de mientras, a soportar el calor. A aguantárselo. A recapitular, zapato. A no volver a eso,  y que los que quieran irse que se vayan sin que te afecte. Quienes quieran callarse que se callen, aunque la mayor cuota de silencio siempre la hayas dado vos. Y acá estaría bueno que la memoria tuviera grabada a fuego una frase total que liquide la idea. Pero no es así. Todo sigue a medio hornear.

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