jueves, 10 de octubre de 2013

El Camaleón Emocional

Me gustaría ayudar a los ciegos. También participaría con muchas ganas en un programa de tratamiento para daltónicos. La gente con problemas de vista me agrada, porque, de manera total o parcial, no me ven. Y esto es de hace mucho, eh, y ni siquiera es una cuestión humanitaria. Lo que digo es de hipócrita, pero tengo que defender mis intereses para mantener mi bienestar. Esto tiene una explicación, no es que sea un psicópata. Soy mucho más que eso.

 A los doce años pasó que la profesora se había olvidado que teníamos la evaluación para el cierre del trimestre. Todos mis compañeros se miraron entre sí con las cejas enarcadas y una sonrisa en la cara. No había que decir nada, y si preguntaban, había que mentir. Yo era nuevo en el curso, no había hablado con nadie, eso de ingresar a mitad de año fue un punto en contra. Sin embargo la profesora sabía sobre mi condición.

Mi ingreso al colegio fue un acontecimiento histórico. Todas las autoridades del colegio se habían reunido junto a mis padres semanas antes de que yo empezara las clases para conversar sobre mi problema, con la disertación académica siempre presente del Doctor Griera, y con todos los papeles de los estudios en un sobre de papel enorme. En la reunión quedaron en no dar a conocer mi peculiaridad entre los alumnos, ya que podría traer problemas, más a mi que a cualquier otra persona, ya que yo soy uno de los pocos fetos sobrevivientes a  la excentricidad de la ciencia, y al desquicio de sus padres.

  Así que la profesora me preguntó si ella se olvidaba de algo, con el círculo cromático con referencias en la mano. Mis compañeros se preocuparon, yo me sentí acorralado y la profesora sonrió con los labios apretados y el diablo bailándole candombe en los ojos. Respiré profundo, tratando de consolarme con el pensamiento de que la medicación “Anti-Pinocchio” tenía que funcionar de una vez por todas. Luego de suspirar, le dije que no. La sonrisa de la profesora se acentuó aún más, mientras revisaba el círculo cromático. Mis compañeros abrieron la boca hasta sacarse la quijada de lugar, lanzando varios gritos de asombro. Yo me puse todo bordó, y el diablo en el brillo de los ojos de la profesora bailaba polca, acompañándose con aplausos, sosteniendo el tridente en su cola semejante a un látigo incandescente.


  Yo ya estaba acostumbrado a esa reacción. Me impresionó que mis nuevos compañeros se recuperaran enseguida del espanto al caer en la cuenta de que iban a tener la evaluación.  En el recreo me reventaron a golpes. Tuvo que intervenir  un profesor para salvarme.

Como aparte de los moretones violetas, presentaba un color verde alga, el profesor no pudo aguantar la tentación y sacó un folleto con el círculo cromático con referencias del bolsillo, y después de enterarse de que estaba triste e indignado, trató de consolarme llevándome a la oficina de Dirección, prestándome juguetes olvidados y un mapa del zoológico de Temaikén obtenido en una excursión de mi curso a la cual yo no había ido. Después salió al pasillo. Oí cómo le comentaba a las señoritas de tercer grado lo útil que era el círculo cromático, y ellas le decían que sí, formidable,  que por el vidrio de la puerta se podía ver que estaba azul, y le preguntaban al profesor qué sentimiento significaba ese color. “Vergüenza”, les dijo. Echaron a reír, despacito, mientras yo me ponía más azul, como el fondo del mar.

  Al otro día mis papás ya estaban buscando otro colegio, el Doctor Griera me aumentaba la dosis de un antídoto temporal inútil, y yo padecía en mi cama el dolor producido por los golpes y empujones que hasta entonces nunca había ligado.

  Había empezado a cambiar de color a los seis años., el tiempo que se había estimado para que el tratamiento prenatal diera efecto. Era eso o morirme. Cuatro mil niños modificados genéticamente habían fallecido cerca de la fecha de mi sexto cumpleaños.

Arrestaron a mis padres cuando los resultados de los estudios que me habían hecho al nacer se dieron a conocer. Mis cromosomas eran diferentes en no sé qué unión. Escuché decir a unos doctores que vistos en la computadora parecían un arcoiris.

  Me adoptaron a los cuatro años. Mis nuevos padres ya sabían lo que iba a pasar, y lo aceptaban, creyendo estar preparados, tanto emocional como económicamente.

  A los quince años, en una fiesta donde la pasaba bastante bien calladito en la barra, me puse bordó cuando una chica me preguntó, en joda, si yo seguía haciéndome la paja. Contesté que no, confiando en el avance de los estudios y medicamentos del Doctor Griera, sin saber que el Fernet con Coca anulaba los efectos de la medicación. Cuando la vi alejarse, gritándole a todo el mundo para que se acercaran a verme, me di cuenta que del bolsillo trasero de su pantalón sobresalía una copia reducida del círculo cromático con las referencias. Me cubrí la cara con mi campera, salí a la calle y me llevé puesta una vieja cabina telefónica. Paré un taxi. Me subí manteniendo la campera en mi cara, y le di la dirección de casa. El taxista habrá visto mi mano por el retrovisor, y me dijo : “¡Ah, sos vos! ¿Verde de qué es ahora? ¿De Vergüenza o de remordimiento?”. Mi peor enemigo se había esparcido por toda la ciudad, y era actualizado acorde a cada modificación de mis medicamentos, y se vendía como pan caliente. A mi casa llegaban cartas de agradecimiento de las imprentas, siempre con algún billetito o una boludez de regalo. Mi madre adoptiva se había hecho una colección de touppers gracias a eso, y mi padre fumaba habanos de todos lo sabores, que siempre eran de primera marca.


  Estudio en casa. Soy autodidacta. Me paso el día leyendo libros que pido prestados en la biblioteca, y salgo a caminar cuando es de noche. No le tengo miedo a la inseguridad, con las nuevas pastillas del Doctor Griera me pongo verde cuando quiero, los ladrones todavía no se avivaron del círculo cromático con las referencias. El otro día uno pensó que me transformaría como Hulk, mientras me ponía en ese color, fruncía el ceño y daba gritos. Por suerte tan sólo tenía un cuchillo. Me interesa la sociología, ya tengo harto a mi padre con peticiones de libros de Weber y Durkheim. Leo de todo, menos la poesía. Sigo odiando a los pitufos, como siempre. Los Simpsons tampoco me agradan. El único que se salva es Hulk. Ahora se acerca mi cumpleaños, y en alguno de los tres deseos voy a pedir que a todo el mundo que se burló de mi le salga un enorme grano hemorroidal en el culo y que también se le llene de sífilis la lengua, haber si de una vez por todas me dejan en paz. Con el paso del tiempo me fui volviendo conocido, y también asilando. Los otros bebés manipulados genéticamente que lograron sobrevivir poseen mutaciones más útiles, y ahí están ahora, combatiendo al crimen, saliendo en realities de televisión y haciéndose pedazos entre ellos en el enfrentamiento de sus egos y roles. Si así están ahora, espero que aprendan para más adelante, y a que a ninguno se le ocurra hacer la revolución mutante, porque todos ellos unidos en común acuerdo
pueden hacer papilla a los que no fueron manipulados antes de nacer. Ellos no están acostumbrados a que se le caguen de risa en la cara, como a mí, que en la puerta de mi casa las personas de mi barrio, y otras que vienen muy de lejos, hacen pintadas donde me dicen Arco Iris Random, Súper Paletita y Tonitos Aleatorios. Una vez encontré una carta de una mujer que me llamaba Camaleón Emocional. Yo le respondí, ya que ella decía entender mi martirio. La relación epistolar, que habrá durado dos meses, salió publicada en un diario amarillista que se fue para arriba en ventas. En la tele hay humoristas que en base a esas cartas me imitan, y hacen reír a mi vecino, que grita como un condenado cuando tiene un ataque de risa.

  Camaleón emocional… Ese es el único apodo que me gusta.


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