Me gustaría ayudar a los ciegos. También
participaría con muchas ganas en un programa de tratamiento para daltónicos. La
gente con problemas de vista me agrada, porque, de manera total o parcial, no
me ven. Y esto es de hace mucho, eh, y ni siquiera es una cuestión humanitaria.
Lo que digo es de hipócrita, pero tengo que defender mis intereses para
mantener mi bienestar. Esto tiene una explicación, no es que sea un psicópata.
Soy mucho más que eso.
A los
doce años pasó que la profesora se había olvidado que teníamos la evaluación
para el cierre del trimestre. Todos mis compañeros se miraron entre sí con las
cejas enarcadas y una sonrisa en la cara. No había que decir nada, y si
preguntaban, había que mentir. Yo era nuevo en el curso, no había hablado con nadie,
eso de ingresar a mitad de año fue un punto en contra. Sin embargo la profesora
sabía sobre mi condición.
Mi ingreso al colegio fue un acontecimiento
histórico. Todas las autoridades del colegio se habían reunido junto a mis
padres semanas antes de que yo empezara las clases para conversar sobre mi
problema, con la disertación académica siempre presente del Doctor Griera, y
con todos los papeles de los estudios en un sobre de papel enorme. En la
reunión quedaron en no dar a conocer mi peculiaridad entre los alumnos, ya que
podría traer problemas, más a mi que a cualquier otra persona, ya que yo soy
uno de los pocos fetos sobrevivientes a la excentricidad de la ciencia, y al desquicio
de sus padres.
Así que
la profesora me preguntó si ella se olvidaba de algo, con el círculo cromático
con referencias en la mano. Mis compañeros se preocuparon, yo me sentí
acorralado y la profesora sonrió con los labios apretados y el diablo bailándole
candombe en los ojos. Respiré profundo, tratando de consolarme con el
pensamiento de que la medicación “Anti-Pinocchio” tenía que funcionar de una
vez por todas. Luego de suspirar, le dije que no. La sonrisa de la profesora se
acentuó aún más, mientras revisaba el círculo cromático. Mis compañeros
abrieron la boca hasta sacarse la quijada de lugar, lanzando varios gritos de
asombro. Yo me puse todo bordó, y el diablo en el brillo de los ojos de la
profesora bailaba polca, acompañándose con aplausos, sosteniendo el tridente en
su cola semejante a un látigo incandescente.
Yo ya
estaba acostumbrado a esa reacción. Me impresionó que mis nuevos compañeros se
recuperaran enseguida del espanto al caer en la cuenta de que iban a tener la
evaluación. En el recreo me reventaron a
golpes. Tuvo que intervenir un profesor
para salvarme.
Como aparte de los moretones violetas,
presentaba un color verde alga, el profesor no pudo aguantar la tentación y
sacó un folleto con el círculo cromático con referencias del bolsillo, y
después de enterarse de que estaba triste e indignado, trató de consolarme llevándome
a la oficina de Dirección, prestándome juguetes olvidados y un mapa del
zoológico de Temaikén obtenido en una excursión de mi curso a la cual yo no
había ido. Después salió al pasillo. Oí cómo le comentaba a las señoritas de tercer
grado lo útil que era el círculo cromático, y ellas le decían que sí,
formidable, que por el vidrio de la
puerta se podía ver que estaba azul, y le preguntaban al profesor qué
sentimiento significaba ese color. “Vergüenza”, les dijo. Echaron a reír, despacito,
mientras yo me ponía más azul, como el fondo del mar.
Al otro
día mis papás ya estaban buscando otro colegio, el Doctor Griera me aumentaba
la dosis de un antídoto temporal inútil, y yo padecía en mi cama el dolor
producido por los golpes y empujones que hasta entonces nunca había ligado.
Había
empezado a cambiar de color a los seis años., el tiempo que se había estimado
para que el tratamiento prenatal diera efecto. Era eso o morirme. Cuatro mil niños
modificados genéticamente habían fallecido cerca de la fecha de mi sexto
cumpleaños.
Arrestaron a mis padres cuando los resultados
de los estudios que me habían hecho al nacer se dieron a conocer. Mis
cromosomas eran diferentes en no sé qué unión. Escuché decir a unos doctores
que vistos en la computadora parecían un arcoiris.
Me
adoptaron a los cuatro años. Mis nuevos padres ya sabían lo que iba a pasar, y
lo aceptaban, creyendo estar preparados, tanto emocional como económicamente.
A los
quince años, en una fiesta donde la pasaba bastante bien calladito en la barra,
me puse bordó cuando una chica me preguntó, en joda, si yo seguía haciéndome la
paja. Contesté que no, confiando en el avance de los estudios y medicamentos
del Doctor Griera, sin saber que el Fernet con Coca anulaba los efectos de la
medicación. Cuando la vi alejarse, gritándole a todo el mundo para que se
acercaran a verme, me di cuenta que del bolsillo trasero de su pantalón
sobresalía una copia reducida del círculo cromático con las referencias. Me
cubrí la cara con mi campera, salí a la calle y me llevé puesta una vieja
cabina telefónica. Paré un taxi. Me subí manteniendo la campera en mi cara, y
le di la dirección de casa. El taxista habrá visto mi mano por el retrovisor, y
me dijo : “¡Ah, sos vos! ¿Verde de qué es ahora? ¿De Vergüenza o de
remordimiento?”. Mi peor enemigo se había esparcido por toda la ciudad, y era
actualizado acorde a cada modificación de mis medicamentos, y se vendía como
pan caliente. A mi casa llegaban cartas de agradecimiento de las imprentas, siempre
con algún billetito o una boludez de regalo. Mi madre adoptiva se había hecho
una colección de touppers gracias a eso, y mi padre fumaba habanos de todos lo
sabores, que siempre eran de primera marca.
Estudio
en casa. Soy autodidacta. Me paso el día leyendo libros que pido prestados en
la biblioteca, y salgo a caminar cuando es de noche. No le tengo miedo a la
inseguridad, con las nuevas pastillas del Doctor Griera me pongo verde cuando
quiero, los ladrones todavía no se avivaron del círculo cromático con las
referencias. El otro día uno pensó que me transformaría como Hulk, mientras me
ponía en ese color, fruncía el ceño y daba gritos. Por suerte tan sólo tenía un
cuchillo. Me interesa la sociología, ya tengo harto a mi padre con peticiones
de libros de Weber y Durkheim. Leo de todo, menos la poesía. Sigo odiando a los
pitufos, como siempre. Los Simpsons tampoco me agradan. El único que se salva
es Hulk. Ahora se acerca mi cumpleaños, y en alguno de los tres deseos voy a
pedir que a todo el mundo que se burló de mi le salga un enorme grano
hemorroidal en el culo y que también se le llene de sífilis la lengua, haber si
de una vez por todas me dejan en paz. Con el paso del tiempo me fui volviendo
conocido, y también asilando. Los otros bebés manipulados genéticamente que
lograron sobrevivir poseen mutaciones más útiles, y ahí están ahora,
combatiendo al crimen, saliendo en realities de televisión y haciéndose pedazos
entre ellos en el enfrentamiento de sus egos y roles. Si así están ahora,
espero que aprendan para más adelante, y a que a ninguno se le ocurra hacer la
revolución mutante, porque todos ellos unidos en común acuerdo
pueden hacer papilla a los que no fueron
manipulados antes de nacer. Ellos no están acostumbrados a que se le caguen de
risa en la cara, como a mí, que en la puerta de mi casa las personas de mi
barrio, y otras que vienen muy de lejos, hacen pintadas donde me dicen Arco
Iris Random, Súper Paletita y Tonitos Aleatorios. Una vez encontré una carta de
una mujer que me llamaba Camaleón Emocional. Yo le respondí, ya que ella decía
entender mi martirio. La relación epistolar, que habrá durado dos meses, salió
publicada en un diario amarillista que se fue para arriba en ventas. En la tele
hay humoristas que en base a esas cartas me imitan, y hacen reír a mi vecino,
que grita como un condenado cuando tiene un ataque de risa.
Camaleón emocional… Ese es el único apodo que me gusta.
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