Boludos
Ahí
va:
I
Esteban
se creía ingenioso, pero no lo era. Le
gustaba jugar con las palabras, confundirlas, darles otra sonoridad. Así, en
lugar de decir “estufa”, decía “estafa”, y en lugar de decir “carpeta” decía
“curpeta”. Nada del otro mundo, a decir verdad. A todos a veces se nos ocurre
poner una letra donde no va, para volver el diálogo más ameno, más entretenido.
El asunto estaba en que Esteban (¡já!) no encontraba el momento adecuado para
decirlas. Largaba sus casi simpáticas ocurrencias cuando se les cruzaban por la
cabeza, como cuando uno se desquita de un pedo al saberse completamente solo en
un espacio abierto. Así que así era la vida de este sujeto encorvado, alto, de
pelo negro y ojos pequeños, que rara vez se peinaba, y que muchas veces
tropezaba con las raíces de los árboles o las baldosas flojas de antiguas veredas.
Cuando estaba con amigos, trataba de mechar alguno de sus chistecitos.
Una tarde de mates, música, risas e interrogatorios acerca de si ya te cogiste
a esa pelotuda, Esteban trataba de contar lo que le había pasado el anterior
viernes en una fiesta, o en el colegio, o en sus sueños.
Decía:
-
Entonces yo me alejo con
sigilo de la mina con la que estaba, y Alejandro se ricardea todo cagado
para la puerta del boliche.
Tan
seguro lo dijo, que sus amigos tardaron en notar una incongruencia en la frase.
Fueron dos segundos de asentimiento de parte de ellos, y de silencio expectante
por parte de Esteban. Luego cayeron, y,
con el ceño algo fruncido, exclamaron :
-
¿ Qué dijiste?
-
Nada- contestó Esteban, y
siguió el relato lo más serio posible, algo triste, algo culpable de que los
demás no lo comprendan.
II
Federico es chico, gordo, y tiene cara de pan mojado. Todas las mañanas
va solo al colegio privado al cual asiste, con una mochila cargada de libros que
amenaza con tirarlo hacia atrás. La cuota mensual es de setecientos pesos. Él
conoce este detalle, pero no sabe para qué puede servirle. Su padre, arquitecto
siempre ocupado y ausente, pelado (¡qué cruel es el destino, Fede!), se lo
repite con mucha frecuencia, más todavía cuando se encuentra enojado. En los
momentos de calma, suele exigirle a su hijo que trate de hacer las cosas de la
mejor manera posible, para destacarse y así hacer valer la cuota que mes a mes
tiene que pagar, y que le molesta tanto como un grano infectado en el medio del
culo.
A
Fede le falta crecer, pero, observándolo bien, ya puede verse cómo será a
futuro: aplicado, cumplidor, reservado, eficiente, y peligroso. Muy peligroso.
Tanto para él como para terceros. ¿A qué se debe esto? Esto se debe a que
Federico cruza muy mal la calle. Pero no de la manera convencional: sin mirar
para los dos lados y bajando de la vereda a mitad de cuadra. Él, como todo buen
ciudadano, se para en la esquina y mueve la cabeza de derecha a izquierda
reiteradas veces para desestresarse y ver qué se aproxima. Cuando no pasa
nadie, espera. Se ata los cordones, se sube las medias, pone otra canción en su
celular, ajusta sus audífonos, y después se apoya en el poste de luz más
cercano, despreocupado, porque sus zapatos parecen de cuero pero son de goma.
Vuelve a mirar, y si sus ojos se encandilan con el fulgor de dos faros blancos
que se aproximan cada vez más, Fede, cual atleta olímpico, se pone en posición
de largada y empieza a sentir cómo los latidos de su corazón se aceleran, a la
misma vez que sus oídos captan la melodía inicial de “Eye of Tiger” y sus pies
empiezan a vibrar de la emoción. Se siente estupendo, se quita un auricular con un rápido
movimiento de manos y al captar la cercanía de un motor en funcionamiento, se
libra del peso que la gravedad ejerce sobre él y sale disparado hacia adelante,
corriendo cual liebre silvestre por la pradera, con el pecho cosquilleante de
alegría. No mira hacia atrás: cierra los ojos, se deja llevar por ese instante
de libertad, de desinterés, de riesgo. Recibe el bocinazo y los insultos como
los halagos de las más bellas y cautivantes criaturas, como la caricia de la
mujer más querida, como se recibe el tibio sentimiento de un sincero
abrazo. Siente cómo el asfalto raspa las
suelas de sus zapatos, y, con una seguridad escandalosa, cree estar gastando
poco a poco la superficie del mundo, el sostén de la realidad y de los grandes
diseños, que poco valen a la hora de la muerte, que ahora tan próxima está de
él. Se pone en el límite por decisión propia, juega todas sus cartas contra el
abismo, y gana. Ésta vez gana. El abismo pasa por detrás de él, que ya está en
la otra esquina, colorado, feliz. Una sonrisa se le dibuja en la cara, y al dar
otro paso sobre la nueva vereda, se desvanece, y el rostro de Fede deja de ser
el de un temerario sagaz, el de un gigante triunfador. Sus pies ya no son tan
ligeros como el viento en la costa. Vuelve a su pesaroso andar, a su cabeza
gacha, a su cara de chanchito regañado, a su vida cobarde con pocas chances de
prosperar. La mochila le pesa sobre la espalda, y él se esfuerza en no dejarse
vencer, en no caer hacia atrás , en dejar de oír las palabras de su padre,
tapándolas con otra canción, subiendo el volumen de los auriculares.
III
No hay dos sin tres. Y espero que te sientas afortunado, o afortunada.
Vos también sos algo bolud@
Y
yo también, ¿cómo me voy a quedar afuera después de poner ese ridículo arroba?
¿Cómo nosotros, parte de la gran masa de carne que se llama humanidad, y que
siempre está dispuesta a la estúpidez, no vamos a caber todos juntos en esta
bolsa? Ojo, eh. No te lo tomes a mal, está bien que seamos medio boludos. Si no
¿qué nos queda? ¿Qué anécdotas contaríamos? ¿A qué mujer no agradaríamos con
nuestra presunta ternura, que no es otra cosa más que boludez en su estado más puro? ¿eh? ¿Qué mal tiene
que a veces nos comportemos como inútiles conscientes, decididos? ¿No podemos
mear contentos fuera del tarro, sin estar borrachos, sin estar drogados, sin
ser antes hipnotizados por la cara de esa turra que nos puede? ¿Qué seriedad
estás buscando, a qué profundidad apuntás cuando lo único que tenemos todos es
esta hermosa condición de salames que necesitan de la necedad de algunos otros
para ser felices, para contar un chiste? ¿No tenés ganas de responder?
Yo
tampoco, muchach@s. No tiene sentido refutar nada de esto,
contestar a tanto discurso de nada, venir con frases hechas, con citas tapa
culos universales, no vale nada. Dejate estar, che. Pudrite conmigo, y
tropezate con las raíces, con las baldosas, decí lo que no tenés que decir
cuando menos te convenga. Vas a aprender mucho. Escupí sin querer en la cara de
la flaca que te vuelve loco. Tocale el culo al profesor y mostrale una sonrisa
cómplice, guiñale un ojo, pedile su número de teléfono. Hacé algo, y sé libre.
Vamos que se puede. De ésta salimos juntos. No hay barrera que no podamos
traspasar, o llevarnos puesta para después darnos cuenta que se podía pasar por
abajo, agachándose un poco, y así adentrar en las vías de la vida por donde
siempre pasan esos hermosos trenes que nos topan de frente y no tienen más
remedio que arrastrarnos y hacernos bien mierda.


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